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19/2/08

Casablanca, la Barcelona del Magreb (Marruecos 2)

El orden de las ciudades que visitarás en un país que estás a punto de conocer, orden que generalmente se efectúa días antes del viaje, en la comodidad de tu casa y guía en mano -o quizás ya a bordo del vuelo low cost que te llevará a destino, mientras las azafatas te ofrecen esas mini Coca Colas de 125 ml a un euro y todo está matizado por las ansias de llegar y la incomodidad de los criminales asientos de aquellas líneas aéreas de bajo costo, llámese Ryanair, llámese EasyJet, que uno las putea ya antes de subir, pero que si no fuera por ellas, al menos yo, no hubiera conocido ni un ápice de las europas-, puede ser del tipo trascendental y trasformar la visión que se coja de un país o nación o terruño.
Mi visión de Marruecos hubiera sido totalmente distinta si antes de ir a Marrakech hubiera conocido Casablanca.



Plaza Djemma El-Fna, corazón de la Medina de Marrakech.


Pero si bien aterricé en Casablanca me fui rápidamente en tren hasta Marrakech donde me extasié admirando otra forma de “hacer” la vida, pero donde lamentablemente el dinero es un bien demasiado preciado, más aún cuando en las apariencias pareces occidental, lo que es sinónimo de euros. Sin embargo, el sabor es embriagador. Positivo. El trato es afable, las miradas inquisidoras y lascivas de muchos pierden fuelle cuando recuerdas el ambiente, la noche, las sonrisas de gente con la cual nunca pensaste entablar un nexo y que de pronto nunca más olvidarás.
(-¿Son ustedes de España?
-No, de Chile.
-¡¡¡¡De Chile!!!! Zamorano, Salas, Colo-Colo... Víctor Jara.
-Conoces algo de Chile. Qué bien (sonrisa instantánea de orgullo patrio fuera de contexto) ¿Y a cuánto me dejas esa camiseta y los zapatos?
-300 Dirhams
-¡¡¡300!!!, No po’ amigo. 200 no má. Yo te ofrezco 200.
-¿Qué dice? Esta camiseta es de muy buena tela, es original de Marruecos y los zapatos están hechos a mano. 280 Dirhams “Colo-Colo”.
-No, mucho. 220.
-¿Qué dice? Precio loco “Colo-Colo”, precio loco. 260 y que no se hable más “Colo-Colo”.
-250 Dirhams.
-Uff, precio loco “Colo-Colo”.
-Mejor voy al hotel.
-No, qué dice, amigo “Colo-Colo”. 255 y que no se hable más.
-Hecho)

Pero no es mi intensión describir en este artículo ambas ciudades o Marruecos en general. Quiero graficar ciertas diferencias. Una, Marrakech, es turística, afrancesada, moderna (con Zara y Penélope Cruz abriendo la Av. Mohamed V), antigua, identitaria, tradicional, caótica, hermosa. En resumen te quiere mostrar algo y no se avergüenza de nada. La otra, Casablanca, es un puerto -por tanto más liberal, como ya he señalado en este Blog en un artículo anterior- sucia, con olor a orines madrugadores (o como diría Bea olor a Valparaíso), cosmopolita, grandiosa, oscura, industrial. Vanguardia organizada del espíritu marroquí junto a Rabat, la capital.

Hechas las diferencias, la anécdota es la siguiente.
Entras a un bar pides un té a la menta y te atiende un chico de 18 ó 20 años. Entiende el mensaje y te pregunta en árabe algo que, evidentemente no entiendes. Ya llevas 3 días en el reino Alaui y ya sabes el truco, por tanto comienzas las inevitables preguntas ¿Español? ¿Inglés? ¿Francés?. Pero a diferencia de todos los sitios (60% en el idioma de Proust, 30% en el de Shakespeare y sólo 10% en el de Cervantes), esta vez saltó de lo lejos el encargado de la tetería. Un hombre de 40 años, con mirada culta y un cuerpo algo corpulento. “¿Por qué él tiene que saber español? ¿Por qué no sabes tú marroquí mejor?, vociferó en un perfecto castellano y el local reparó rápidamente en nosotros. Perplejo me limité a recuperar los vocablos más chilenos que nunca he olvidado del todo gracias a Redolés y Con$pirazión para decir: “y acaso vo’sa’í shileno weón”...
¿Chileno?, preguntó, luego se rió con sarcasmo e ironía y desapareció detrás de unas telas manteniendo un visaje lleno de desprecio por mí, un supuesto español.
El chico, algo avergonzado por la escena, trajo los tés con una habitual sonrisa.
Aquello, un incidente idiomático con tintes identitarios, sólo me había ocurrido en un lugar. En la bella y majestuosa Barcelona. Para ser más específico en el Fnac de la ciudad condal y también en el aparcamiento del mismo. El link rápidamente apareció en mi mente mientras saboreaba el té a la menta, brebaje al cual me hice asiduo. Casablanca -industrial y cosmopolita y apurada y continente de un espíritu anti-francés y anti-español o, para resumir, anti-colonial- tiene un sutil y fino símil con la Barcelona actual, esa ciudad con la cual cuesta conectar si no hablas en su idioma. (No es que sea filovasco -que sí, algo lo soy-, pero en Euskal Herria, si bien el sentimiento anti-español es tanto o más grande que en Catalunya, la identidad está tan definida que no necesitan refirmarla constantemente al usar su lengua con el extranjero que no la conoce).
No hay que generalizar dicen algunos. No se trata de eso, pero para construir una idea se requieren algunos datos y con eso, quizás, sea parida una teoría y se obtengan las respuestas. Ya me lo habían advertido, pero Casablanca (En la foto se aprecia un costado de la Medina, franqueda con modernos edificios ubicados en la Plaza de las Naciones Unidas) me pareció una ciudad muy Europea (la mayoría de las mujeres en Casablanca no usan pañuelo, por ejemplo), a pesar de querer parecer otra cosa y que sus ciudadanos quieran de su entorno hacer otra cosa. Su distanciamiento con el Marruecos profundo va por ahí y no por asegurar un nacionalismo que triunfa en otros países islámicos, como Egipto, Siria Líbia o Túnez.
Y tampoco por ser la cuna de radicales que perpetran atentados casi todos los años, no sólo el 2003.

13/2/08

Tricontinental...(Marruecos 1)

El mito dice que Chile es un país tricontinental.
Eso nos hacían creer algunos profesores de básica, eso se repetía solapadamente en la televisión y, bajo ese paradígma, la Armada chilena aspiraba a tener juridición en un extenso territorio marítimo que, en forma triangular, abarcaba desde Arica a Punta Arenas para llegar a la Isla de Pascua, último vértice de una fabulosa figura geométrica que aparecía proyectada en las mentes de algunos valientes Almirantes de principios de los '90, cuyo tufillo aún apestaba a los '80.
Chile= América del Sur.
Isla de Pascua= Oceanía.
La Antartida= pues eso... La Antartida.
Asumir que en rigor los kilometros cuadrados de Chile no son los 2 millones que aparecen en los Atlas impresos por el Instituto Geográfico Militar, esos que colman las biblotecas de los colegios, sino que son algo así como 750.000 -dato que reiterativo una vez zarpado de Pudahuel- fue un proceso duro, pero revelador. La Antartida nunca fue chilena y la leve soberanía de ese extenso territorio se sostiene con alfileres. La Gran Bretaña, con maneras tíbias y reservadas, porque venir al fin del mundo a demandar terruños aún trae recuerdos imperiales, reindicó hace poca la peninsula antartica -supuestamente chilena, supuestamente argentina- y de momento lo único que logró es que las diplomacias a ambos lados de la cordillera actuaran coordinadas.
En fin... el asunto no es ese. El tema es que en horas viajaré a Marruecos y podré decir con propiedad que he visitado tres continentes.
El concepto tricontinental se me vino a la cabeza y con el, de la mano, el recuerdo de aquellas “ideas fuerzas” que siempre nos repitieron. Uno no sabe de donde lo aprendiste, pero ahí están, dando vuelta en tu subconsiente y por eso me fue imposible separar una historia de otra: Tricontinental y Marruecos.
Y por lo mismo hago ese ejercío que antes efectué antes de ir a Suecia o Irlanda. Buscar cual es la imagen de Marruecos que daba vuelta en mi cabeza hace 10 ó 5 años. Una imagen matizada por el concepto de “frontera”.



El Reino Alaui en horas
El choque cultural está garantizado.
Si, es cierto. No hay duda, pero ese choque es permanente y reiterativo en los trenes de Madrid, donde conviven todas las nacionalidades inmigrantes en la España de este siglo (no me sorpenderé, creo, al ver a las mujeres con la cabeza cubierta).
Además, Casablanca y Marrakech, las ciudades que visitaré, son dos urbes enormemente turísticas. No como podría ser el caso de la escondida Agadir, última enclave antes de pasar al Sahara Occidental, Nación sin Estado, con poca prensa, pero con muchos adehrentes en el País Vasco...
No como podrían ser los barrios de los alrredores de Casablanca, los cuales hay que visitar con tino y coche alquilado y donde se cuece gran parte del movimiento integrista del Magreb no siempre vinculado a Al-Quaeda.
En Marruecos, al igual que cuando me adentré en la Ex-Yugoslavia, el éxtasis viene dado por la historia y no tanto por la cultura.
Un dato no menor. Mañana, después de 18 años, volveré a estar en un Estado dictatorial. Dictatorial a maneras occidentales claro está.
Pero luego de 16 meses viviendo en la “progre” España de Zapatero donde todo es posible, para bien o para mal (aunque las secretas ilusiones aún estan pendientes, porque más que mal España es una monarquía de aquellas) moverme bajo la férula de un estado policiaco tendrá, supongo, un morbo especial.
Y es que no es la posibilidad que te estalle una bomba islamista en Casablanca como ocurríó en el 2003, ni tampoco que te disparen una bala perdida como en la película Babel (el primer dato tristemente real, el segundo un tópico).
Tampoco es la visita, por primera vez en mi vida, a una Nación Islámica, donde todo tiene un cariz sagrado y legal y violar aquellas lógicas puede tener un costo.
No.
Lo que me trastorna a horas de viajar al Reino Alaui es observar ese límite impuesto por el desarrollo de dos maneras, igualitarias hace 500 años, pero enormemente diferentes en el ahora. Ninguna mejor o peor que otra. Ninguna con la salvación eterna asegurada. Pero es entre Ceuta y Gilbraltar donde se teje la esperanza de algunos y el desprecio y el miedo de otros.
Viajo a Marruecos a desconectar de la rutina.
Viajo a Marruecos para buscar más herramientas para comprender.