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18/9/08

UN 18 en la Condell

Una voz joven y castrense nos invita a abordar la nave. “Tengan la bondad de pasar a la Condell, por favor”, dice esa voz de forma decidida y autoritaria, pero con cariñosas y amables intenciones.

La veintena de chilenos que esperamos en uno de los muelles del puerto de Dublín comenzamos a movernos en busca de protocolo, pues ahí, en el muelle, aún es Irlanda y muy pocos de los chilenos se conocen entre sí. Entonces conversan, se presentan, se ríen sin orden aparente y la voz autoritaria, pero amable que nos conmina a entrar a la Condell, también nos está dando el salvoconducto para pisar un pedazo de territorio nacional donde sí reina una cierta formalidad. “Cuidado con la pasarela que no resiste tanto peso, crucen de a uno”, arenga la voz para prevenirnos de algún accidente en el instante que la ansiedad puede más que la procura.

La embajada de Chile en Irlanda ha organizado una recepción en la cubierta de la Corbeta Almirante Condell recientemente adquirida a la Armada Inglesa aunque, claro está, de segunda mano. De hecho aún no ha visitado Chile, pero en su largo camino a la patria que ahora defenderá tuvo que hacer un alto en la capital de Irlanda por expresa petición de la embajadora. Tras enterarse que en una fecha tan importante para el país un navío de la Armada chilena surcaría aguas irlandesas, la representante no dudó en pedir que el ministerio de Defensa aprobara un desvío en la ruta ya programada. Unos nudos más al norte y una semana más de retraso para la tripulación de 180 hombres –y una mujer, la primera chilena oficial destinada en un buque de guerra- que demorarán más tiempo en ver a sus familia. “Es un sacrifico que estamos dispuesto a cumplir”, comenta un oficial cuando la noche ya es noche, las botellas de vino ya se han abierto y la camaradería se extiende por los recovecos del vehículo marino.

Es miércoles 17 de septiembre de 2008, cerca de las 19:30 horas y a todos los presentes se les conmueve el corazón. Algunos, luego de pocos años fuera de la patria, sacan fotos a las banderas que ondean en los mástiles de la Condell y musitan palabras nostálgicas, otros, los que ya llevan casi una vida en Irlanda, comentan los vericuetos y chismes que surgen de la delegación chilena en Dublín. “La Cónsul con tres copas de vino es bastante más simpática” puedo oír que dicen dos o tres bocas distintas, los que me confirma que en efecto la segunda de la embajada nacional no es un panegírico de bondad. Los que venimos de paso la situación no deja de ser sobrecogedora y especial: un 18 de septiembre entre chilenos, en Irlanda, a bordo de un buque de guerra, comiendo empanadas hechas en las cocinas de la nave con carne inglesa, aceitunas españolas y cebollas irlandesas. Las botellas de vino son de tapa rosca, pues, aunque el vino es chileno, no se conoce el corcho entre los irlandeses.

Recuerdo con cariño el último 18 que pasé en Chile, pero el 18 del año pasado pasó inadvertido por mi calendario y quizás es cierto lo que me dice mi buen amigo Mariano: “A ti nunca te interesado mucho las Fiestas Patrias”… Pues sin lugar a dudas no era la empanada que soñé aquella que me comí, ni el vino que hubiera comprado, aunque no es eso lo que más extraño del 18, sino el aserrín de las fondas, el olor a eucaliptus, el éxtasis de gente como Mariano que se prepara para con antelación para septiembre. Y también la posibilidad de ir con varias copas de más por la calle sin el miedo de que Carabineros te arreste, muy por el contario con la seguridad de que están ahí para protegerte, pues es 18 de septiembre y la patria está de cumpleaños.

El Comandante de la Nave da un corto discurso que a su vez da pie para unas frases del agregado naval de Chile en Londres, quien le da el pase a la embajadora en Dublín, la cual además de articular propias palabras, lee unas líneas escrita por Su Excelencia la presidenta de la República Michelle Bachelet que evidentemente se leerán en todo evento que por estos días se celebren por el mundo y reúnan dos cualidades: ser chilenos y ser oficiales. Las vanas palabras de la Presidenta, repletas de emotividad, avivan una que otra lágrima entre los presentes emocionados por cualquier gesto o emulo que trasfiera sus vidas a ese lejano Chile, pero cercano por algunas horas a bordo de la soberana corbeta.

Así el encuentro continua entre copas de vinos y pastelitos de manjar. Conversaciones sesudas, recuento de experiencias: “¿Dónde te tocó a ti ir con la Esmeralda?”, “¿qué haces en Irlanda?”, “¿qué es lo que más extrañas de Chile?”, “¿la palta?, yo la palta”, “no yo el pisco”.

Luego aparece un huaso, que no es huaso, sino un suboficial disfrazado como tal, pero que está feliz, pues en rigor todos están felices y aunque se pone a llover otra vez en Dublín, la conformidad también aborda los límites patrios de esa vetusta, pero a la vez nueva corbeta que tienen como frontera una pasarela endeble, única vía que nos comunica con tierra firme, con Irlanda, con otro país.

Al final el no estar es lo que te hace sentir.

18/7/08

La Embajada

La embajada de Chile en Irlanda limita al frente con la residencia del embajador de la República de Chipre, al lado izquierdo con la legación de Croacia y al lado derecho con la consulta del Doctor Sean Blake.Se emplaza en un acomodado barrio de Dublín, Ballsbridge para más señas, en la zona sur de la ciudad, que, como los entendidos sabrán, es la zona rica de la capital irlandesa. Valga señalar la paradoja, pues Dublín es uno de las pocas urbes –aunque el tinte de “urbe” exagera los límites reales de la ciudad- en que los barrios ricos se ubican en el sur y los barrios más “populares” en la zona norte. Y toda la ensalada dividida por el río Liffie, aunque socialmente la fractura no es tan notoria… pero eso es Dublín y lo que nos convoca ahora es la representación diplomática de Chile.

Características
Ondea la tricolor en los yermos jardines del inmueble. Algo desteñida, la bandera la mayor parte del día se echa al vuelo desplegando todo el esplendor gracias al perenne viento que, a la vez que la peina, seguramente le ha robado los colores dejándola algo opaca. En definitiva el paño debe estar en aquel mástil desde que la embajada abrió el 1 de julio de 2003 y aún nadie se da el trabajo de encargar otra, ya sea a Chile mismamente o algún sastre irlandés. Más sin embargo los ladrillos de la casa mantienen un lustre novedoso, merced de una buena pintura ejecutada tal vez antes del verano. Contrastan ambos estamentos: la vetusta bandera y la limpieza de la pared. La puerta, por su parte, es roja y el timbre sonoro. Eran cerca de las 12:23 cuando apreté ese timbre luego de caminar varias manzanas buscando el 44 de Wellington Road con la ansiada intención de verificar en terreno ciertos rumores sobre el mal actuar de los burocráticos de la embajada chilena en Irlanda.

La Funcionaria
Siempre quise ir a la Embajada de mí país en otro país. Abundan, por ejemplo, en los aeropuertos españoles folletos alusivos a las embajadas del Reino de España en otras naciones: “Sí tienes algún problema no dudes en acudir a tu Embajada”. Yo no tenía ningún problema entre manos, pero quería vivir la experiencia de tocar la puerta metafórica de mi país.
Pero los antecedentes no eran halagüeños.
Dos chilenos que he conocido acá me habían comentado que cierta funcionaria, secretaria del Cónsul y encargada de recibir a las visitas, se mostraba díscola a la hora de solucionar los problemas de los pocos chilenos que se acercaban a la puerta roja. Uno me comentó que no lo habían querido atender, que luego de insistir y comentar su problema –perdida del pasaporte- no quisieron ayudarlo y sólo las gestiones de un familiar amigo de un senador en Chile, allanaron la consecución de dicho documento, no sin antes ganarse el desgano de la funcionaria.
Otro, complicado ante el sistema laboral irlandés, fue a pedir información sobre que hacer y que no hacer dado su precario inglés. No sólo recibió un no como respuesta: “ésta no es una agencia de empleo”, le espetó la mujer y aunque algo protestó, y por tanto algo más le ayudaron, poco más sacó en limpio.
En efecto, fue ella quien me abrió y lo supe en el primer momento en que vi su aspecto, el cual resumía bastante su labor. Era una funcionaria, en Chile y en Irlanda y en cualquier país su trabajo sería ejecutar. No estaba en su escritorio cuando la puerta cedió al impulso de mi brazo y apareció desde una habitación detrás de las escaleras (quizás la cocina). Se sentó en la recepción y me preguntó que quería, hasta ese instante con cierta cordialidad.
-¿Voy a Londres la próxima semana y quiero asegurarme si no tendré problemas para entrar a Inglaterra?
-Pero nosotros no somos los encargados si entras o no a Irlanda, Eso lo ve migración. No sé para que viniste acá. Esto es la embajada.
-Pero yo preguntó por Londres… no por Irlanda.
-Ah! No, niño, no tendrás ningún problema. NO hay inconveniente que yo sepa.
Luego de resolver mi duda (ya sabía que no tendría problemas, pero era la excusa para ir a la Embajada), me preguntó un par de cosas protocolares a las cuales respondí con agrado. Luego me paré y me fui.

120 en Dublín
Según datos de la cancillería de Chile, no llegan a 150 los chilenos residentes en Irlanda. En toda la isla. Y por lo mismo me pregunto cual es la función de la embajada más que allanar el camino a las grandes transacciones comerciales. Eso no lo entendí al salir del 44 Wellington Road, sino que al caminar más al centro y ver a los recurrentes borrachos irlandeses pidiendo céntimos. Me topé con uno que auspició su embriaguez con una botella de vino chileno, 120 de Santa Rita, y concluí que detrás de ese mercado vinoso está la burocracia diplomática. La dubitativa atención de la secretaria del Cónsul, más propia de un servicio privado que uno público y/o estatal, me hace pensar que las Embajadas chilenas deberían ser concesionadas, privadas, pagadas por las empresas que se benefician por esa representación y no por el Estado, ya en su esencia privado. Los 150 ciudadanos chilenos en Dublín poca asesoría tienen...
No queda más que decir que, por lo menos, hay embajada en Dublín.

20/6/08

Banalidades de Dublín

Alguna vez un periodista de El País, corresponsal en una importante ciudad del hemisferio sur, tuvo que escribir un artículo para una edición especial de fin de año del periódico en cuestión narrando su experiencia en el nuevo frente que cubría. La idea era que todos los corresponsales en el mundo contasen sus vivencias en los diversos lugares donde “está” la noticia.
El periodista llevaba tres meses en su nuevo destino laboral. Luego de oír un tango y quizás comerse una milanesa, reflexionó caminando por Avenida Corrientes y
llegó a la conclusión de que lo que más le sorprendía de la Nación que cubría era:
1) La sorprendente sensación de vivir la Navidad , el Año Nuevo y Reyes en verano.
2) El agua del grifo girando para el lado contrario del cual él estaba acostumbrado.

El etnocentrismo de aquel profesional de las letras y de la información era más potente que la posibilidad de abrir los ojos y tratar de observar lo nuevo y diferente. Hacer un ejercicio de lejanía, de entrever al “otro”. En definitiva los grandes medios de comunicación de todo el mundo, además de la Agenda Setting , de la pauta o de lo que realmente quieren informar los dueños de éstos, están coartados por el público que los consume y quiere un tipo determinado de noticias. No me cabe duda que el consumidor de El País quiere leer lo que gente, como ese corresponsal, escribe a diario desde su destino laboral. En rigor, son los intereses de España bajo la óptica de España. Una circunstancia legítima, pero no óptima.
Sin embargo, es un peligro real. El esfuerzo de querer “ver” es de verdad es un esfuerzo. Corro el riesgo de caer en ese juego, el de sorprenderme por los tópicos generales de éste país –Eire- sin profundizar como quisiera y me demanda este mísero Blog, pues aún no estoy en condiciones de hacerlo y deseo, antes de marcharme de Irlanda, poder analizar la situación política y social con mayor cabalidad.
En resumen, y si a eso le sumamos la escasa información internacional a la cual accedo, y la suspensión temporal de lecturas en español, no me queda otra que hablar de mi observación banal de la ciudad, Dublín.

Legalidades
Es ilegal orinar en la calle.
La influencia protestante ha hecho mella en una sociedad mayoritariamente católica y si bien el desorden –como antónimo de orden protestante- es plausible en la ciudad, el respeto por ciertas normas y leyes no van de la mano generalmente con el catolicismo, esa religión que lo perdona todo. En concreto la gente no orina en la calle, pues si lo hacen los multan.
No se pueden fumar dentro de los bares tampoco, como en España, pero acá aquella medida se cumple aunque esté lloviendo y salir a la calle a fumarte el tabaco parezca un suceso viciado en sí mismo…
Paradójicamente, ningún mandato municipal obliga a no vomitar, como si éste acto tan humano fuese partícipe de la vida diaria del irlandés. Por tanto es más común ver a dublineses vomitando que orinando. Y dada la elevada ingesta de alcohol del lugareño y el turista, el número de vómitos esparcidos por Temple Bar u O’Connell Street no son pocos. Por la mañana las calles están cercadas por leves riachuelos de vómitos que buscan desesperadamente la alcantarilla, por lo que se deduce que la medida “anti-meado” no apela a la higiene de la ciudad sino a la idea de censurar una hipotética obscenidad.

El No
Imposible, por lo mismo que señalo en el primer párrafo, no hablar de lo más comentado. El No de Irlanda al Tratado de Lisboa, proceso que viví a concho acompañando a Antonio, corresponsal en Londres de Radio Intereconomía, quién venía a cubrir el magno evento, evento por el cual ahora Irlanda pasa como desagradecida, después de que la Unión Europea despachara 55 mil millones de euros de ayudas. Por el contrario el irlandés cree que los 60 mil euros de renta per cápita se lo deben a la inversión extranjera –estadounidense- que se instaló en la isla por la baja tasa impositiva, diferente al resto de países de la UE.

Dialogo de ciegos que deja a Europa otra vez negociando, el verbo que más conjuga desde que se logró el instaurar el euro (que no circula en todos los países de la Unión ) y el pacto de Schengen (al cual Irlanda y Gran Bretaña no están adheridos).
Tampoco es que la gente celebrase en las calles el triunfo sobre Europa, óptica dada por conservadores económicos y religiosos -se hizo temer que la aprobación del texto traería modificaciones a la política fiscal de Irlanda e incluso se habló de que decirle SI a Europa significaba la aprobación del aborto-, sin embargo se puede detectar en el tullifo irlandés cierta alegría por la negativa rotunda. A todos, y en todas partes del mundo, les gusta jugar al individualismo.

11/6/08

Del trato y el tratado

Martes 10 de junio, 18:01.
Lisboa, Lisboa, Lisboa, Lisboa.
El nombre de la capital lusa se reproduce en cada poste, en cada muro, en cada calle. En los periódicos y en las conversaciones de los bares, la ciudad portuguesa es invitada al debate… En rigor la palabra que resuena es “Lisbon” y generalmente va acompañado del vocablo anglosajón “Treaty”, pero en Dublín, y en toda Irlanda, nadie está ajeno a esas seis letras.
La República de Irlanda se enfrenta el día 12 de junio a un referéndum que puede ser histórico. Es el único país de la Unión Europea que convocó una votación para ratificar el documento que el año pasado pactaron los líderes de los grandes de Europa (más el incordio de Polonia) y que en su esencia busca reemplazar la utópica Constitución Europea. Aquel primario montón de letras nunca visitó las rotativas pues murió de dos estocadas el año 2005: El No de Francia y el No de Holanda, escueta respuesta de los ciudadanos de esos países a sendos referéndum convocados para la aprobación de la mentada Carta Magna. Las objeciones del pueblo holandés y del pueblo francés dejaron el proyecto europeo en coma inducido.
Justamente para evitar ese tipo de impasses en éste nuevo documento, las demás naciones le dieron el visto bueno por la vía rápida, es decir, sólo mediante el visado del Congreso y el Ejecutivo (y por lo mismo, todo lo aparatosamente vinculante, o lo que podría traer consigo una descoordinación legal, se eliminó dejando al actual tratado –treaty- como un remedo indecoroso del proyecto original, pero así funciona Europa…). Sólo Eire optó por preguntar y si Eire dice No todo se liaría otra vez. Y las encuestas dicen que gana el No…

Sábado 7 de junio, 14:38.
Caminar resume mi actuar. Caminar por Dublín, el sábado pasado por Belfast, por West Belfast. Por Dublín 7, el barrio de Javi. Por Cabra Road, North Circular Road, Phisborough Road, Kildare Street.
El autobús cuesta 1,5 y las máquinas donde depositas las monedas no dan cambio. Si pagas con dos euros te dan un ticket con el vuelto, el cuál puedes ir a canjear a un edificio burocrático. Más vale juntar una buena cantidad de ticket antes de aventurarse ha hacer una fila de dimensiones. Dimensiones, las que no tiene la ciudad, capital de Irlanda, Baile Atha Cliath, núcleo republicano entre los territorios del UK. Es por esto que caminar se antoja sencillo y hasta amable, pues la fría Dublín que visité en noviembre dio paso a una calurosa urbe, con demasiadas horas de luz, con demasiados españoles, polacos, brasileños. Con uno y otro chileno que sorprende…

Domingo 8 de junio, 19:11.
Podría adjetivarse como vertiginosa mi nueva vida en Dublín. Llevo 11 días y ninguna jornada se ha parecido a la anterior. Entre la búsqueda de un sitio para vivir, de un trabajo o las idas a la Academia de Inglés, sumado a un fugaz viaje a la capital de Irlanda del Norte, mal llamada Ulster, -que en otra ocasión relataré con más detalles, pues se merece todos los detalles- más los diversos Bares o Pubs que he visitado y la infinidad de gente que he conocido, cada día ha estado marcado por una buena o mala noticia, por una posibilidad que se agranda y otra que se diluye, gente que viene y gente que se va.
Quizás por todo esto no he tenido tiempo para sopesar desde el relajo matutino, o vespertino, pero relajo al fin, lo que estoy viviendo, pues además, y aunque me provoque cierto escozor decirlo, el cambio no ha sido del todo traumático e incluso en los peores momentos he sentido –o he querido sentir- que todo es momentáneo y circunstancial, ya que en rigor el viaje, el cambio, lo inicie en octubre de 2006 cuando me fui de Chile y no ahora, hace diez días, cuando abandoné mi cada día más aburguesada vida madrileña.
Quizás todo eso se resume en una palabra: experiencia. Irme de un país a otro, pasar una frontera, ver mástiles con telas distintas ondeando en avenidas más o menos transitadas ya no me provoca una revolución como antaño. Ahora lo que realmente produce alegría es observar, mirar los comportamientos ajenos a uno, preguntarse el por qué de los gestos, de los asombros, de los acentos.

Miércoles 11 de junio, 8:38.
¿Es Irlanda parte de Europa?
Sí, pero pueden los irlandeses perfectamente sentirse “no participes” de lo que se denomina Europa, como continente, como proyecto. Los carteles que llaman a votar No apelan a no seguir ciegamente a Alemania y Francia. La gente está disgustada con la actitud de los líderes políticos locales que piden por favor el Si ante la posibilidad que los “grandes” de Europa se puedan molestar.
La clase política está desprestigiada, el anterior Primer Ministro –que recibe el título de Taoiseach-, Bertie Arhem abandonó el cargo por corrupción y ya lo investigan. Sin embargo, la mayor parte del arco político, con todo el aparataje mediático que eso implica va a por el Si.
Sólo el Socialist Party y el Sinn Finn llaman a votar por el No aludiendo a la militarización de Europa, a la nula mención que el Tratado de Lisboa hace a la salud y a la educación. Pero los numeroso carteles instando el voto negativo no circundan sólo a esos dos partidos. Se ve que detrás del descontento hay otras fuerzas: camioneros, cooperativas agrícolas, esos grupúsculos que, presentes en todos los países del mundo, nunca se tomarían un té con la globalización.
No es del todo desmedido, sin embargo, pensar que en el fuerte lobby negativo esté la única potencia que se beneficia con una Europa en permanente reyerta. La potencia que recibió miles y miles de inmigrantes irlandeses en el siglo XX y donde muchos de los más importantes políticos son de origen irlandés. Puede ser una destopía, pero me pagan por buscar teorías donde nos las hay.
Aunque de ese dinero no he visto ni cobre y la verdad los euros se acaban.

29/5/08

Hasta luego Madrid

Hace unos días una persona, cuya lengua materna no es el español, me dijo: “El día 14 de junio es la fecha de entrega, es nuestro deadline”. La palabra anglosajona, algo rebuscada sin duda, o quizás exagerada, pues más parece definir una zona militarizada donde un Estado no tiene control sobre un territorio definido, me quedó dando vueltas una o dos tardes hasta que un día, mientras regresaba desde mi trabajo a casa en el tren de cercanías, quizás algo estresado por todas las gestiones que tenía que hacer, observé el perfil de Madrid que los rieles y la velocidad del bólido me permitían ver y mi mente recordó un símil del vocablo antes descrito: Skyline…que es un manoseado barbarismo que arquitectos o urbanistas usan desmedidamente para señalar la silueta que proyecta una urbe.
En efecto, ahí estaba la capital española, con sus cuatro megatorres construidas en la ex ciudad deportiva del Real Madrid sobresaliendo arteramente por sobre otros edificios mucho más pequeños, pero de igual modo reconocibles. O que al menos yo puedo reconocer sin mayor esfuerzo. Y es que también puedo decir, por ejemplo, que debajo de las torres Kio –a un costado de las cuatro grandes- está Plaza Castilla y que ahí puedo coger los autobuses para ir a Alcobendas, a la casa de Esther o José, o que muy cerca de ahí, caminando hacía la estación de Chamartín, vive Noemí, ex compañera de la Universidad, o que una parada, a pocos metros de la mentada Plaza, me deja el autobús que me trae de la multinacional que me dio para vivir estos meses. En ese lugar, no pocas veces, Bea me esperaba a eso de las 18:00 horas cuando salía de trabajar y entre el café o la caña caminábamos por los ardedores del barrio y una de esas veces vimos un cartel que nos instaba a ver la obra 2666 basada en la novela de Roberto Bolaños que daban en Legazpi, pero cuyo precio y extensión (6 horas) terminaron minando la posibilidad de hacerle caso a aquel cartel…
Todo lo anterior ya es pasado. O prólogo. Pues de hecho, aunque debería haber escrito estás líneas hace días, me veo en la habitación de Javi en Dublín escribiendo sentimientos que ayer afloraban por todos los rincones que pisaba, con una sensación de ultimátum. En octubre pasaré unos días por Madrid, en el futuro seguramente volveré, pero dudo que vuelva a pernoctar tanto tiempo en la antigua capital imperial.


Irse
Marcharse de una ciudad es un ejercicio poco habitual. Sin embargo, he dejado ya tres ciudades a lo largo de mis 26 años de vida y se me antoja triste otra vez, sí, huelga decirlo, pero ¿Por qué me voy si más que mal me ubico en Madrid, conozco gente, me sé los recorridos de los autobuses, soy habitual del bar de mi barrio y tengo un trabajo estable?
Cuando llegué sabía que no me quedaría mucho tiempo, lo intuía. Y ahora que miro para atrás compruebo, desde la óptica de los ciclos, que ha pasado ya un año y medio y que las caras que dejé en Chile ya no serán las mismas y que yo ya no lo soy. Y muchos de los ropajes de esos cambios que quizás experimenté se quedaron en las calles de Madrid, en mi habitación del piso que compartía, en el tren de cercanías que me llevaba a casa, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, en el bus 133, en las muchas ciudades que conocí en España, en las conversaciones que sostuve, en las nacionalidades con las que me tocó compartir y aprender (española, vasca, catalana, ecuatoriana, paraguaya, uruguaya, argentina, rusa, alemana, belga, francesa, portuguesa, mexicana, indonesia, senegalesa, guatemalteca, brasileña, italiana, colombiana, venezolana, peruana, inglesa, irlandesa, marroquí, saharaui…). Pero sobretodo en las despedidas en Avenida América o en la T4 de Barajas, que en definitiva son las que han marcado éste nuevo rumbo…


Cosas y cambios
Dejo amigos, dejo con ellos anécdotas. El concepto amigo se ensancha en una ciudad como Madrid, se engloba en latitudes más profundas y más dúctiles que en Chile, donde los amigos son los amigos y cuesta gestionar otros cariños después de que ya conociste a los amigos, esos de toda la vida.
Aprendí, además, muchas cosas en Madrid. Por ejemplo, un día domingo de abril de 2007 a las 9 de la mañana, al abandonar el portal de un piso perdido del barrio de Las Letras cerca de Atocha, y mientras me levantaba las solapas de mi chaqueta para protegerme del frío primaveral que se negaba a ir de la ciudad, comprendí lo que es la soledad con mayúscula, lo que es no tener que avisarle a nada a nadie, lo que es ser un ente solitario. Esto es tal vez lo que realmente deberíamos asumir antes de encontrar el verdadero valor de la soñada compañía, es que elegimos.
Aprendí también cosas más banales: cocinar algunas cosas, planchar mal, comprar en el supermercado, gestionar emociones, mirar la lluvia. Hice un postgrado de Comunicación y Conflictos Armados, trabajé en un departamento de marketing, me relacioné con decenas de gerentes de cines, trabajé en un bar dentro de un gimnasio, hice de promotor de jabones, visité más de lo aconsejable los pasillos del Hospital Princesa.
Será imposible determinar ahora, hoy, el peso que estos 18 meses en Madrid tienen en mi vida actual. Aún el viaje continúa, aunque ahora mi destino y mi presente sea Dublín, cuyas primeras apreciaciones las escribiré próximamente.
Sin lugar a dudas aún estoy anestesiado por el cambio.
Zanjar el porqué de mi partida sin recurrir al afán de viajar, de aprender, al leve hastío de algunos recovecos, es realmente difícil. Me fui de Madrid porque ya viví en Madrid.

4/12/07

No Belfast (Irlanda 2). El frio, MobyDick y también Valparaiso.

Hacía frio en Dublín hace una semana. Y también hacía frio en Vitoria hace dos. ¿Hará frio en Málaga la próxima?¿ Hará frió en Barcelona el fin de semana de navidad? ¿Hará frio en Alicante el 31 de diciembre?
El otoño del hemisferio norte ya casi es historia y se vienen las fiestas de fin de año que acá en España se cuentan de a tres (Navidad, año nuevo y Reyes). Y con las festividades, el invierno… que este año amenaza con ser INVIERNO, lo que no es una reiteración banal que busca seducir poéticamente al lector, sino una afirmación certera que, de hoy en más, necesitará permanente aclaración: la destopía del cambio climático está modificando nuestro lenguaje y lo que antes se entendía con una palabra ahora se requerirán dos. Invierno-invierno; verano-verano. Calor de verdad o frio de verdad. Frio como en Dublín, no como en Vitoria, donde el frio era amigo de la intimidad. En Dublín, por ejemplo, el frio era enemigo de la limpieza, pero fomentador de vicisitudes de la noche. Y por esas vicisitudes, es decir por el frio rampante y cotidiano, me quedé sin ir a Belfast.
No busco justificaciones climáticas, pero en el amanecer del sábado 24 de noviembre no tuve pie para negociar con Javi y Antonio la posibilidad de ir a la capital de Irlanda del Norte: uno ya la conocía y el otro la tiene a tiro de cañón (nunca mejor la analogía). Belfast se diluyó entre cervezas y taxis que se demoraban en pasar en una noche dublinesa cargada de frio y misterio.
Y ante la ausencia de Belfast el misterio de Dublín se resolvió caminando, recorriendo callejones, guiándome por el sonido de gaviotas que no me guiaban. Estuve en Dublín y no vi el mar… pero si puedo asegurar, como ya he asegurado antes, que Dublín (en la foto) tiene algo, un aire, un aroma, a Valparaiso. No sé si en este BLOG lo señalé, pero aquello –Valparaiso como fantasma que se aparece en ciudades del viejo continente- es una señal de que, modernidad más modernidad menos, la primera y más global ciudad de Chile se escribe con V y no con S (Y no es Viña del Mar ni tampoco

Valdivia. Tampoco Vallenar o Villa Alemana).

CIUDADES COSTERAS
Santander, a las orillas del Cantábrico, Copenhague en la laguna del mar Báltico y ahora Dublín, me han hecho recordar levemente la ciudad portuaria chilena. Evidentemente las ciudades mencionadas son puertos de carga y descarga, puertos con barrios de puertos: putas, bares, leyendas, oxido corroído por la brisa marina, pescadores molestos por algo indescifrable, pero con cara de pocos amigos... Como en Valpo, como en San Antonio.
La verdad es que Valpo se me ha aparecido centellante el último tiempo. La lectura lenta, pero segura de Moby Dick ha subrayado esa cercanía obvia que las ciudades costeras de todo el mundo tienen con el mundo. Ese permanente intercambio cultural que se ha producido desde siempre, pero que con el auge de la revolución industrial ha venido consolidándose y creando una mezcla de liberalidad y cercanía (Ejemplo de ello es que las regiones costeras de EE.UU. son demócratas y las del interior son republicanas. Los lugares costeros siempre son más abiertos a las influencias y por ende más tolerantes. ¿Es eso aplicable a Madrid?).
El asunto es que Ismael, el protagonista-narrador de MobyDick, cita Valparaiso reiteradamente. Estamos en el XVIII, el canal de Panamá no existe (de hecho no existe Panamá) y Valparaiso es el puerto donde toda embarcación tiene que recalar tras pasar por el infernal cabo de Hornos. Pero también aparece Juan Fernández y un marino chileno en la tripulación del Pequeud, el barco ballenero capitaneado por el lúgubre Ahab.
Sin embargo, lo más embriagador de la novela de Herman Melville es el momento en que Isamel habla sobre los cuatro leviatanes más sanguinarios que el mundillo ballenero recuerda: Timor Tom, que solía aparecerse en Timor Oriental; Jack de Nueva Zelanda, que atemorizaba los navíos que transitaban por el sur de Oceanía, Morquan, apodado el rey de los mares del Japón, y don Miguel, macabro cachalote chileno que -cito textualmente- "tenía el lomo tatuado de extraños y místicos jeroglíficos como las tortugas". Alguna voces incluso dicen que el nombre de la gran MobyDick es una adopción al inglés de una ballena que realmente existió y que se llamaba Mocha Dick, la cual solía nadar por la isla del mismo nombre cerca de Concepción.




25/11/07

Apreciaciones primarias de Dublin. (Irlanda 1)

1,80 euros cuesta el autobús que lleva desde el aeropuerto de la capital irlandesa hasta el Spire, una delgada estructura de 250 metros que se divisa de casi todo el perímetro de la ciudad. Emplazada en una céntrica calle –O’Connel Street, la avenida con más monumentos que he visto en mi vida- la misión primaria de este "evento" con forma de alfiler fue reemplazar una estatua del Almirante Henry Nelson que fue dinamitada por IRA (la base del Spire en la primera foto). Ahora, además de ornamentar el centro, hace de punto de reunión para todo irlandés, inmigrante o turista que pernocte en Baila Atha Cliath.
El cansancio, el desconocimiento cabal del idioma y la desorientación obvia de salir de un incomodísimo avión de Ryanair a la fría noche irlandesa, me llevaron a pagar el autobús de dos plantas, sentarme arriba junto al resto de turistas españoles, mirar por la ventana y no percatarme de que evidentemente, como en cualquier lugar de las islas británicas o la República de Irlanda, se conduce por el lado izquierdo…
No es menor aquello. La sensación residual que el subconsciente puede parir, al adentrarte por territorios que no conoces, pueden ubicarte en contextos muy distintos. Más aún si los prejuicios que cargas se esfuman. Más aún si éstos son algo positivistas…
Los grandes autobuses de dos plantas dublineses tiene un leve aire a las viejas micros pre-transantiago (segunda foto). El recuerdo que tengo de una micro santiaguina, conducida por un micrero santiaguino -con ponchera, adicto a la pasta base y con cara de pocos amigos- es la de la manifestación máxima del poder urbano: controlar toda la calle, con prepotencia y habilidad. Es por eso que no me sorprendía al ver la acera derecha tan lejos de mi perspectiva, aún cuando el vehículo paró varias veces a recoger pasajeros en la acera izquierda. Era como ir por la mitad de la Alameda y ver el bandejón central acercarse y alejarse constantemente según la prisa y la pericia del micrero. Sólo cuando me bajé del autobús, y teniendo bien claro que estaba en la alegre Dublin, pude sacudirme de esa extraña sensación.

Colores
Dublin es una ciudad de tintos obreros. Una amalgama de colores diferentes: gris (el cielo), verdes (el abundante césped), negro (la guinnes), naranjo (el cabello de muchos irlandeses), marrón (la fachada de la mayoría de las casas). Me comenta Javi que, aunque les duele ya que Dublín apela a la diferencia, las calles de los barrios dormitorios son idénticas a las que puedes encontrar en York, Manchester, Liverpool o la mega-Londres.
Ese aire, obrero, le acompaña permanentemente. Al parecer, el frio impide que el aseo de la ciudad sea perfecto, como en otras ciudades europeas que he tenido la suerte de conocer. Eso choca bastante en un primer momento pues es un símbolo que, luego confirmé, hace de Dublín un sitio contradictorio.
Irlanda pasó de ser un lastre a convertirse, después de Noruega y la minúscula Luxemburgo, en el país de la Unión Europea con mayor ingreso per cápita gracias, entre otras cosas, a dos leyes económicas neoliberales: felxibilidad laboral y bajos impuestos a las empresas extranjeras (12% ver-sus al 18% del resto de la UE). La segunda medida se usa en Chile hace años y la primera es una aspiración de un sector político nacional que cree ver en Eire un modelo a seguir y que da por sentado que la no aplicación de esa norma nos ha imposibilitado de seguir el tranco irlandés.
La pregunta del recién llegado surge con espontaneidad tras el tema de las micros y la limpieza urbana: ¿Dónde está el dinero en Irlanda?
No tuve tiempo en los tres días que pasé en tierras celtas de descifrar aquella incógnita, pero Javi y Antonio, mis amigos con los que me junté en Irlanda, más o menos me dieron luces para entender porque Dublín manifiesta su desarrollo de forma tan poco material, a diferencia de Chile y los chilenos, que se enorgullesen de las autopistas de alta velocidad, los grandes centros comerciales y los edificios de faraónicas dimensiones.
En resumen, esperaba ver una ciudad moderna, tecnológicamente avanzada, perfecta, arrasada por la prepotencia del progreso que llegó del golpe, y como gran acto de desorden, varios bares abiertos hasta una hora prudente... Salvo lo último, me encontré con algo muy distinto. Dublín sigue siendo la ciudad que era antes, a pesar de los 40 mil euros per cápita.