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11/9/07

Suecia 3. Ser neutral

Cuando Adolf Hitler, a mediados de 1940, pensó que nada podría impedir que el Tercer Reich durase 1000 años y se extendiera por toda Europa, entró en Dinamarca al estilo de los Sudetes checoslovacos y el Anschulss de Austria: sin disparar ningún tiro y confraternizando con una población medianamente aterrorizada, pero aria. La geopolítica era sencilla: de la península de Jutland (Jylland) a Noruega, de Noruega a Inglaterra...
Los judíos que huyeron a Dinamarca cuando el nazismo invadió Alemania fueron perseguidos también en el país escandinavo, pero en las calles de Copenhague, Odense, Aalborg se produjo uno de los hecho menos conocidos de la guerra, pero de los más dignos. Cuando el general Nikolaus von Falkenhorst, a la sazón gobernador de Dinamarca, impuso que todos los judíos llevasen un brazalete con la estrella de David como primer paso de la segregación, el Rey de los daneses, Cristian X, también lo llevó. “Yo soy el primer judío de mi país”, dijo. El resto de daneses conmovidos imitaron a su soberano y salieron a la calle con un brazalete. La medida germana fracasó. De momento...
En Dinamarca costó encajar la invasión nazi. Históricamente, especialmente en los siglos XVIII y XIX la influencia de una potencia extranjera era latente en los países del norte de Europa y, salvo la relación de Finlandia con Rusia, por lo general era positiva. Noruega con Inglaterra, Suecia con Francia (el actual monarca sueco tiene abundante sangre francesa) y Dinamarca con Prusia y luego con Alemania... Esta influencia no sólo se limitaba al estamento político, sino también al económico y al lingüístico.
Lo anterior no impidió que en la tierra de Hamblet se desencadenara uno de los grupos de resistencias más encarnizados de la II Guerra, lo que incluyó bombas, sabotajes y la deportación de la policía danesa a los campos de concentración en Alemania por mostrase débiles ante los exaltados.

La guerra según Dinamarca
Todo esto es palpable en los rincones de Copenhague. Desde el Churchillparken hasta el Museo de la solidaridad –ubicado a un costado de la famosa sirena de bronce- hay variados monumentos recordando la gesta de la resistencia y de la liberación. Entre estos monolitos hay uno que saluda a “todos los soldados caídos”, es decir, una estatua al soldado desconocido (primera foto), recurso tan usado en la URSS y que levanta desgraciado resquemor en occidente, donde la lógica de que todo soldado es un hombre-una vida- una historia, impera más profundamente que en Moscú, antes y ahora, donde siempre queda la sensación de que el valor de la vida es más bien relativo. (Los marineros muertos en el submarino Kurst el 2000, el asalto al teatro de Moscú el 2002 usando un gas que aún no se sabe como se llama, pero que mató a terroristas y a rehenes por igual y la irrupción del colegio de primaria en Osetia del Norte en septiembre de 2004 son algunos de los muchos ejemplos donde el fin justificó los medios de manera aberrante, pero efectiva).
En fin... El museo de la solidaridad esta bien documentado aunque es más bien testimonial. Pero existe y en sus pasillos se exponen documentos, archivos periodísticos, uniformes, balas entre otras cosas. (Luce, en la cúpula principal, las enseñas nacionales de EE.UU., Gran Bretaña y URSS juntas, alineadas y triunfantes).
Todo esto contrasta enormemente con la situación vivida por Suecia durante los años del nazismo. Suecia jugó a una neutralidad que se balanceaba más al eje que a los aliados. Vendió hierro a Berlín antes y durante el conflicto, por sus vías férreas pasaron vagones cargados de armas para el frente oriental o para mantener la ocupación de Noruega. Cuando el Ejercito Rojo asediaba la capital del Reich, algunos jerarcas nazis, y también algunos personeros del bando aliados, pensaron que una vía comunicante para negociar el “cese de las hostilidades”, más no la rendición incondicional de Alemania, pasaba por los representantes diplomáticos de Estocolmo que aún seguían en Berlín. Algunos dirigentes nazis pensaron en asilarse en dicha legación si el Mariscal Zukov entraba por la puerta de Bradenburgo (lo último sucedió, pero lo primero no).

Ser neutral
En mis casi dos semanas en territorio sueco no logré detectar cual es la real sensación que les provoca al escanio promedio la situación vivida por su país durante la conflagración mundial. A diferencia de Dinamarca sólo hallé dos símbolos que recordaban la tragedia
En la avenida principal de Trellenborg había un bote de cemento con un inscripción que rememoraba las travesías que muchos judíos y miembros de la resistencia danesa efectuaron al cruzar el convulsionado mar báltico para huir a la neutral Suecia. En precarias condiciones y con los a tiro de la base naval del Almirante Doenitz ubicado en Plön.
Sin embargo, lo más llamativo fue una frase. “En svensk tiger” que literalmente tiene dos traducciones: “Tigre sueco”, es una, y el otro quiere decir algo así como “el sueco se queda callado” (tiger significa tigre y callarse en sueco). La frase fue un slogan que el gobierno de unidad nacional de Estocolmo usó durante la II guerra. Hoy esa frase se vende en pines con la cara de un alce o un tigre asustado recordando con cierta vergüenza los sucesos de los años ‘40... Aquello, la venta de pines, fue la única prueba del peso que pueden sentir ciertas generaciones no por la neutralidad, sino por ser amiga del eje. Muchos deben justificar el actuar de Suecia en esos años salvó vidas de suecos, eso nadie lo duda, pero las guerras no dejan indemnes a nadie. Ningún país puede vanagloriarse por no dejarse arrastrar a un conflicto que geográficamente se desarrolla cerca de sus fronteras. Siempre se sufren consecuencias aunque se asuma una neutralidad, ya sea por los refugiados que llegan o por el trauma de no estar, de no ser, de no intervenir por valores pacifistas quizás, pero siempre dañinos.


Opción suiza
Incluso un país panegírico de la neutralidad, que es Suiza, sufre una enfermedad metal grave al respecto. Los helvéticos no van a la guerra, pero están sumamente preparados para ella en un sociedad casi-espartana donde el servicio militar se parece al israelí: un años completo y luego dos meses por año hasta los 45 años de edad. Las carreteras para llegar a Suiza tienen ciertos mecanismos de bloqueo para evitar que carros blindados puedan invadir el país usando las vías cementadas (los Alpes hacen el resto) y poseen la mayor cantidad de refugios atómicos por habitantes en todo el mundo.Además Suiza es el único país que mantiene un ejercito de mercenarios en el mundo, practica tan usual en la historia de la humanidad, pero que con la creación de los Estado-Nación quedó fuera de contexto. Esta es la guardia Suiza del Vaticano.

1/9/07

Suecia 2. Malmöfestivalen

He tenido la suerte de llegar a Malmö, la capital de Skane (Escania), en la semana que se desarrollaba la fiestas de la ciudad, entre el 17 y 24 de agosto.
Sus habitantes y los de los pueblos circundantes (Lund, Trellenborg, Svedala, Klagshamm) estaban volcados a la calle y se percibía que el evento –gratitud al verano que se va- tenía un trascendencia similar a la que pueden poseer las fondas y ramadas en Chile para el 18 de septiembre.
Habían juegos mecánicos (la rueda o la noria según se quiera), conciertos gratuitos en la plaza principal (jazz, rock, pop), promociones de eventos culturales y artísticos. Habían también casi una centena de chiringuitos donde se vendía comida, pero a diferencia de Chile donde para las fiestas patrias se vende y se come sacrosantamente la comida nacional; en Malmö las salchichas y las albóndigas quedaban aparcadas para degustar los placeres culinarios del resto de países del mundo: de los 100 stand que rodeaban la plaza principal, en 80 se vendía platos de Grecia, China, Pakistan, Bosnia, Croacia, Japón, México, Brasil, Afganistán y otros lugares... a un precio promedio de 50 coronas suecas, algo así como 5 euros con 30 céntimos (3800 pesos para más señas).
Pude notar que algunos sitios eran más concurridos que otros. En un chino, un bosnio y uno sueco, donde se vendían tacos rellenos con gambas; habían filas enormes esperando pacientemente para comer ahí. Luego me enteré que un periodista del diario local, el Sydsvenskan, había hecho una crítica de los sitios y había elegido los cuatro mejores. Los fieles lectores del periódicos habían acatado el gusto del periodista-crítico-culinario-sueco y los dueños de estos puesto de comida se estaban llenando los bolsillos de billetes con la cara de Selma Lagerlof y Karl Von Linne.
Realmente eran muchos los sitios para comer por lo que esa mañana no recorrí toda la plaza del rey Gustavo Adolfo (Gustav Adolf Stortoget) y me decanté por una carne griega con una salsa de yogurt, pepinos y pimienta que ya había probado alguna vez, pero, y esto debido más bien al hambre, me supo bastante sabroso. Luego media vuelta y a seguir caminando por las medievales calles de la ciudad, que alguna vez perteneció a Dinamarca, hasta llegar al extremo sur donde la torre más alta de los países escandinavos (Turning Torso) rompía el perfil de Malmö. Torre bastante fea, que a diferencia de los rascacielos que conocía, éste no era de oficina sino de pisos habitables... caros y de lujos eso si.
Luego regresé a Stortoget recorriendo la ribera de uno de los canales de la ciudad, asombrándome en cada esquina por la cantidad de bicicletas que circulaban por las adoquinadas calles, pasé por un pulcro cementerio luterano y por una sencilla iglesia de esa misma religión. Al volver al ruido y a la algarabía de la plaza por la esquina oeste puede ver a la estrella solitaria que ondeaba con fuerza y misticismo.
LONGAS EN GUSTAV ADOLF TORG
Era improbable que en Suecia, donde hay miles de chilenos que pararon ahí luego de Pinochet, no hubiera un sitio de comida chilena... Son esas cosas que uno las intuye, pero no se las plantea, por eso cuando vi que el chiringuito nacional no me sorprendí. La sorpresa se generó al observar la atestada fila de suecos, vikingos, teutones esperando a comerse una longaniza. El sitio, con un nombre que llamaba a la nostalgia del exiliado –“Víctor Jara”-, también había sido reconocido por el periodista-crítico y era, junto al sueco de los tacos con gambas, los de mejor nota. (Al otro día me conseguí el diario en cuestión y me tradujeron el artículo. Decía, si mal no recuerdo, que como todos los años Víctor Jara tenía la mejor comida y además era un sitio limpio y muy bien organizado...). Vendían sólo longanizas y hamburguesas... Lo que demuestra que siempre hay adaptarse al gusto de los demás, pues todos sabemos que las hamburguesas son de un país llamado McDonals, aunque muy sabia y engañosamente, se presentaba al público como “lomito chileno”...
Hice la cola. No tenía mucha hambre, pero una longa con abundante grasa y jugo me esperaba. En un primer momento pensé presentarme, decir que era chileno, pero no tenía claro que esperaba con eso. No quiero ser majadero, pero la sensación de alegría por ver la bandera chilena y sitio de comida combatía con el temor de asumir lo que soy o no soy, aún cuando no lo tengo claro (aunque eso de ser más
chileno que los terceros lugares me encantó)... Además ¿Iba a ganar una longa gratis por ser chileno? ¿Una conversación nostálgica con alguno de los que atendía? ¿Un vaso de chicha o pisco de la botella escondida detrás del mostrador?
Sonaba Tommy Rey, la Sonora Palacio, una que otra de Víctor Jara y Violeta Parra, pero la mayoría de las canciones era de fiesta...
-Hola compare, deme una longa y una coca zero...
-Son 60 coronas...
El hombre no se sorprendió por mi “chilenidad”, pero respondió en chileno y el dialogo fue en chileno... Le pasé dos billetes de 50.
-No tení 10 coronas.
-No, creo que tengo 5.

Me devolvió uno de los billetes de 50, me pasó la coca zero y gritó señalándome “dos longas por acá”. Siguió en lo suyo sin mirarme y sin darme oportunidad de darle las gracias atendiendo al resto de la fila hablando ahora sí en sueco y con acento escanio según me enteré después...
En medio de la noche escandinava, donde las nubes sólo dejaban penetrar algunas pocas estrellas. En un banco perdido de Stortoget de Malmö, cubriéndome con un paraguas por la veraniega e intermitente lluvia de agosto; saboreé dos longas que, quise con todas mis ganas, fueran de Chillán (pero con cueva eran de Lund) y tuve bajo esas circunstancias mi 18 de septiembre privado y adelantado.

La longas no estaban malas, pero la coca zero no evitó que se me repitieran, situación que me hacía recordar mi chilenidad aparente cuando ya en el tren regresaba a Lund. Atrás quedaba mi primer y único dialogo en chileno en Suecia.

19/8/07

Suecia 1. Acercamiento y el Estado de Bienestar

En dos días más viajaré al reino de Suecia, aunque, a diferencia del Reino de España o el Reino de Dinamarca –o la Republica de Chile-, Suecia se llama simplemente Suecia. En rigor, y para más, luces visitaré la región sureña de Escania (Skane), donde Malmoe es la capital y a pesar de ser la tercera ciudad en importancia después de Gotemburg, mantiene una fría relación con Estocolmo.
Además, en las ciudades y pueblos de esta zona se desarrollan las
aventuras del sagaz y decadente policía Kurt Wallander, cuyas novelas son obra del escritor Henning Mankell.
No deja de ser paradójico, pero la única novela de Wallander que me he leído es “Los perros de Riga”, que como su nombre lo indica, se desarrolla en Letonia, aunque para la ocasión me compré “La pista falsa”. Y es que las novelas negras son un producto de consumo narrativo muy igualitario (siempre el policía o el detective es decadente con la excepción de Maigret de George Simenon) y la gran diferencia entre una y otra es el escenario. Para conocer la realidad social de un país nada mejor que leer la novela negra típica que entrega antecedentes que una guía turística no da. Además, dependiendo de la editorial, es bastante más barato que el precio promedio de las guías turísticas (Trotamundo, Azul, Lonely Planet)... “La Pista falsa”, en la versión de bolsillo de Tusquets viene hasta con mapa incluido...
Como la mayoría de lo países del globo, el primer acercamiento con el concepto “Suecia” está unido irremediablemente al deporte. Primeramente, cuando comencé a tener uso de razón, la lucha en la cima del ranking ATP la llevaban el alemán Boris Becker y el sueco Stefan Edberg. Mi padre apoyaba al primero, pues años antes, para el terremoto de 1985, el equipo de tenis escandinavo de visita en Chile para jugar la Copa Davis “huyó” del país tras los temblores, pero al menos esos años el segundo iba a la cabeza...

Italia ’90 (Grupo C: Brasil, Escocia, Costa Rica y Suecia)
Pero no fue hasta que no leí ese improvisado atlas de tapas amarillas que llegó a mis manos en mayo de 1990, que no profundicé mis antecedentes sobre el nórdico Estado sueco...
Ese atlas no era más que el álbum de cromos del mundial de Italia que fue realmente una enciclopedia para mi. Ahora que han pasado 17 años de que me faltaran seis láminas para completar la colección –tres de las cuales eran del equipo egipcio- compruebo que, con evidentes matices, el cariño que le tengo a los 24 países que participaron en ese mundial se impone a otros... aunque varios de los que dijeron presente en la bota itálica ya no existen (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia)... A través de esa revista me enteré de las capitales, de la población, la silueta de cada una de esas naciones y me abrió el interés por mirar reiteradamente el mapa mundi. Meses después cayo el muro, se disolvió la Unión Soviética, estalló la Ex-Y y todo se fue a la mierda. De golpe aparecieron nuevos países y nuevas capitales que aprender y cada semana los atlas quedaban obsoletos.
Pero volviendo a ese mundial, como olvidar, por ejemplo, la cara de zombie del arquero de Bélgica Michael Prud’Homme o el teñido cabello de Claudio Paul Cannigia o el idéntico rostro de todos los jugadores del equipo surcoreano o la similitud sonora de todos los apellidos del conjunto sueco terminaban en “son”...

Entre medio apareció Olafo, pero Olafo, vikingo y todo, es noruego...



Luego vino la lectura obligatoria de “El maravilloso viaje de Nils Holgersson” de Selma Lagerlof; asomó la idea de estado de bienestar, cuya mezcla de palabras me complicaban de sobremanera, pues a esa edad sólo conocía lo que significaba “bien”. El mundial de Estados Unidos hizo el resto, aunque ese mismo año un interesante profesor de historia que tuve en el colegio y que según recuerdo se llama (o llamaba) Jorge Abarca, intentando graficar los resortes de la segunda guerra y la prepotencia del general invierno de Rusia, señaló que igual que Hi
tler y Napoleón, hubo un rey sueco que también intentó la hazaña de tomar Moscú y también se topó con el gélido invierno de las estepas rusas... “Si lo hubiera logrado todos nosotros estaríamos hablando sueco”, zanjó Abarca y yo quedé impactado. Nunca olvidé el nombre de ese rey: Carlos XII (en la foto), quien osó desafiar a la nieve 1700 en el marco de la Gran Guerra del norte donde el Imperio Sueco, unido al Imperio Otomano, se enfrentó a una abultada alianza de daneses, noruegos, rusos, polacos, prusianos y sajones. Al principio le fue bien, pero la ambición de tomar Moscú le costó caro, como al amigo corso-francés y al amigo austriaco-alemán...
Tras esto, la Suecia imperial del mar Báltico sucumbió y los “asiáticos” rusos entraron en Europa y no saldrían hasta 1991. Suecia quedó condenada a ser una potencia de segundo orden y tener uno de los niveles de desarrollo más altos del mundo que incluyen un estado de bienestar paradigmático que hoy es debate en Estocolmo, luego que los socialdemócratas dejaran el poder el año pasado y la derecha se alzara con el triunfo apelando a un reforma profunda de la política social de Suecia...
El Estado de Bienestar
Las finanzas de Suecia no ha ido bien desde mediado de los ’90. Muchos achacan esta circunstancia a la grandiosidad del Estado, que abarca muchos campos de la economía, y a la llegada cada vez mayor de inmigrantes. A diferencia de los ’70 cuando muchos chilenos exiliados llegaron a Escandinavia, Suecia era un país bullante que necesitaba mano de obra, papel que chilenos y turcos, y en menor medida argentinos y iraquíes, cumplían sin miramientos acoplándose sin mayores problemas a la sociedad receptora. Ahora no hay mucha oferta, pero la demanda continua llegando desde Bosnia, Kosovo, Macedonia, Palestina, Polonia, Rusia, Ucrania...
El apacible pueblo sueco se tensiona al ver tantos inmigrantes cuando la economía no camina. Los inmigrantes no se integran y se sienten mirados en menos. Surge desconfianza y discriminación. Grupúsculos ultraderechistas, racistas e incluso neonazis se han tomado algunos barrios de Estocolmo, Malmoe y Gotemburg. El apacible sueco busca la tranquilidad cediendo uno de sus tesoros más grandes. Por eso elige a la derecha –que además de reformas, prometió mano dura- tras doce aós de gobierno socialdemócrata. Nos enfrentamos ante un momento clave en la historia de Suecia y de lo que en países del tercer mundo se cita reiteradamente como ejemplo de realidad social... Si el líder del sui generis Partido Moderado, Fredrik Reinfeldt, logra pactar y hacer las reformas, uno de los mitos más grandes post-guerra fría sucumbiría, como el Imperio de Carlos XII hace 300 años.
El eco en Chile no sería menos. Aunque nuestro país sigue un camino especial, el ejemplo irlandés de desarrollo suele ser citado por el empresariado y la derecha, mientras que la leyenda –quizás inalcanzable- de un mega estado social que es Suecia es el panegírico de la izquierda socialista. Si este último es modificado, puede que las voces que piden la flexibilidad laboral al estilo irlandés se multipliquen.