Y no me enorgullezco de eso, de percatarme de esa anomalía con tanta claridad acá en Madrid y redactarlo, caga’o de calor, en un café cerca de mi casa.
Tuve que salir de Chile para entender lo evidente.

La carencia de valores trasversales en la sociedad chilena sólo ayuda a que esa grieta económica que el neoliberalimo pragmático ha producido, tenga su símil en términos de masas. En Chile hay dos países -o quizás más- que viven de espaldas y que no se relacionan entre sí, donde su temporalidad es distinta, sus aspiraciones son distintas, sus miedos son distintos y donde, en definitiva, cuesta encontrar lazos que unan, que cuadren a esa sociedad bajo un bien mayor. Valores. Moralidad. Percepción. Historia.
Chile vive en un perfecto apartheid donde quien pertenece a la elite caucásica europeizada tiene su futuro asegurado (de sólo cinco colegios -privados y de Santiago- sale el 80% de los Gerentes de las grandes empresas chilenas). La educación no premia el mérito y ésta, como vehículo social, más parece un tranvía de corto recorrido…
Quien es de clase media, o media baja y tiene rasgos mestizos no surgirá. Simplemente no accederá a los privilegios de esa elite. Y claro, el aumento del poder adquisitivo de los últimos 20 años evidentemente genera una sensación de mejoría ¿Pero eso se traduce en representatividad política o social? ¿Es el Congreso chileno un fiel reflejo de la sociedad chilena, ya no en términos políticos, pues sabemos que no es así, sino de representatividad étnica? ¿Habrá otra vez en Chile un presidente mestizo como Pedro Aguirre Cerda?
Es triste, pues no puede haber representatividad en una sociedad que no asume como lo que es -mestiza- por lo que esa elite seguirá ocupando los espacios de poder y decisión política.
Sin embargo, si hay un rasgo que puede aunarnos a todos es el uso de la apariencia como reafirmación identitaria. Todos, en esa pirámide racial que es Chile, donde los blancos tienen el poder y el dinero, hasta los Mapuches que buscan desesperados su reconocimiento como pueblo distinto, caen en el juego de querer ser lo que no se es, lo que esconde el problema principal de todo: la carencia de esa añorada identidad nos empujan a aspirar a un estadio social y económico distinto, pues creemos que el que nos antecede en esa pirámide es mejor de lo que somos.
¿Porqué que somos?
La elite quiere ser lo más europeizada posible (nuestro Ministro de Economía sueña con emular económicamente a Portugal)… Goza viendo en las noticias a un español, va a los Starbucks gimiendo orgásmicamente, discute en el almuerzo dominical si es mejor ser los Ingleses de Sudamérica o los Jaguares del pacífico.

La clase media quiere ser reconocida por las altas capas de la sociedad como iguales. Y de ahí nace la caricatura del chileno de mediados de los 90’: ese con celular de plástico, que llena el carrito en el super, pero no compra nada, él que en pleno verano viaja por Santiago con las ventanas cerradas para “aparentar “ que tiene aire acondicionado.
Las económicamente bajas se reafirma en la diferencia con el mapuche. Miles de chilenos apuestan por esa diferencia para apuntar una supuesta mejoría económica y mejor status social. Chilenos que, quizás, sólo se diferencian de los mapuches por tener un apellido de origen español, pero que en rigor son racialmente iguales. Los populares “huincas”.
Y de eso es que nace este post.
Hoy sábado 5 de abril el diario popular La Cuarta publica una nota referida a un simple robo. Un individuo de origen mapuche saltó el muro de una casa y se robó un balón de gas. Al huir quedó ensartado en una de las rejas del inmueble, por lo que la policía lo detuvo fácilmente.
La nota, escrita por Miguel Vega, intenta ser una irónica, como todas la notas de La Cuarta. Pero en esta ocasión se burla denodadamente del la etnia mapuche, de los valores de estos y de paso de la historia de Chile.
La tesis de la nota, además, es liza y llanamente xenofóbica y apunta a que el Mapuche es flojo y ladrón.
Triste…
En sólo tres párrafos Vega dice cosas como:

“Aunque invocó al Pillán, patrono de los pungas (sic), sus esfuerzos para zafarse fueron inútiles y fue detenido y puesto a disposición del fiscal Marco Muñoz…”
“Tras apoderarse de un balón de gas de 15 kilos, Paillaleo gritó ¡marichihueu!”
Pillan, para los mapuches, es un espíritu benigno y más que un Dios puede ser un ancestro trasformado en divinidad por fundar una familia o un linaje.
Marichihueu es el grito de los guerreros mapuches antes de enfrentarse a los conquistadores españoles que, en rigor, nunca lograron derrotarlos. Detrás de ese grito hay una historia de resistencia que merece los mayores de los respetos.
Al menos a mi me enseñaron en la Escuela de Periodismo de la Andrés Bello que la noticia debía recurrir ciertos requisitos (cercanía, notoriedad, preeminencia, temporalidad) ¿Un hombre que roba un balón de gas es un peligro para la sociedad?
Esa nota, leída por los chilenos de clases bajas, mestizos en su mayoría, apuntala esos perjuicios en el inconsciente colectivo. O más bien subrayan esos perjuicios ya instalados en todo nuestra historia (mapuche flojo y ladrón). Los huincas temen al “indio”. La Cuarta se burla de las divinidades de una etnia. La Tercera dice que Matías Catrileo es un “joven inadaptado punk”.
Por menos que esto, los musulmanes quemaron cuatro embajadas occidentales en Siria debido a las caricaturas de Mahoma.
¿Qué haremos nosotros?
¿Cuándo nos asumiremos?



