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9/7/08

Ingrid libre, Sarkozy en América.

Cuando una mega noticia golpea las rotativas no hay posibilidad algunas de abstraerse. Es lo que hay, es lo que manda y demanda y aunque no puedas comentarla con alguien con la inmediatez que se requiere, el acontecer suscita pensamientos consientes e inconscientes.
Luego de seis años Ingrid Betancourt está en libertad. En una limpia operación llevada a cabo por el Ejército colombiano, ella y 15 rehenes más secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fueron rescatados de la espesa selva colombiana sanos y salvos. Operación Jaque la han llamado los militares quienes exhiben con orgullo su triunfo. Ingrid sonriente abrazando a sus hijos, Ingrid, entrevistándose con Sarkozy; objetivo logrado sin disparar bala alguna ni poner en peligro a los librados. En términos futbolísticos sería algo así como salir campeón invicto sin que te marquen goles…
(Luís Aragonés y Álvaro Uribe deben ser los hombres más felices del mundo en este momento).

Jaque
La falta de información hace difícil comprender los bemoles de la Operación Jaque, pero no hay que ser experto para detectar que además de inteligencia militar hubo algo más: traiciones, informaciones y un sinnúmeros de antecedentes preliminares que empujaron al Ejecutivo cafetero a actuar: muerte de Tiro-Fijo, “ajusticiamiento” de Raúl Reyes en suelo ecuatoriano, entrega de la Comandante Karina.
Las FARC se rompen y por lo mismo parece altamente improbable que haya existido una negociación entre las partes –y 20 millones de dólares de por medio- para zanjar la liberación de Ingrid, pues más de algunas de las facciones de la FARC hubiera puesto el grito en el cielo o al menos hubiera mostrado su desagrado públicamente. EL mando único se rompió hace rato... Si lo hubo ahora (informaciones periodísticas dicen que Francia ya había pagado una por el rescate de Ingrid el 2003) lo sabremos cuando dentro de las FARC se produzcan las primeras intrigas para saber que grupo canalizará el poder y como ese poder se hará manifiesto: con un espectacular evento o con una negociación de paz.
En lo que a mí compete, el hecho me invitó a soñar. Soñé, la misma noche del día en que Ingrid fue liberada, que me encontraba con ella en un centro comercial en una ciudad incierta. Iba a comprarse un vestido para su cita con Nicolás Sarkozy y entre lágrimas me dio las gracias… ¿De qué? No sé, tampoco fui un activista recalcitrante de su causa, su situación, pero por lo mismo me desperté ese día con la pregunta. Más allá de la Operación militar ¿A quien realmente debe agradecerle Ingrid? ¿Supo en su cautiverio de las negociaciones llevada a cabo por Hugo Chávez?

Vía abajo
A vista de los acontecimientos, Betancourt visitando apresuradamente al Presidente de la República Francesa, podemos suponer que la rehén más famosa de Latinoamérica sabía del impulso que Sarkozy le dio a su causa. Por lo mismo suponemos que se habrá enterado, entre los espesos troncos de la selva del Guaviare, mientras consumía productos venezolanos a veces y brasileños otras –lo que confirma la movilidad de la FARC llevando a los detenidos de una frontera a otra- y oía cada mañana la Radio Caracol, beneficio matizado por los secuestradores con sendas cadenas a la hora de dormir, que Chávez se la jugó también por su liberación y perdió. Tal como perdió Cristina Fernández apoyando la “vía Chávez”, esa que llegó al límite de la pantomima cuando el venezolano pidió la liberación de Ingrid en su programa “Alo Presidente” a un Tiro Fijo supuestamente ya muerto.
(La siempre timorata diplomacia chilena no se la jugó y otra vez está fuera de los laureles, pero lejos de la cal de la derrota, a pesar de la patética postulación de Ingrid al Nobel de la Paz impulsada por La Moneda)
Por alguna razón Ingrid no ha manifestado su agradecimiento a Chávez y esa es la derrota fundamental del caudillo venezolano: que la estrategia de Uribe se impusiera era posible, pero el mutismo de Betancourt demuestra que la táctica de Chávez no pareció nunca tener un buen destino por más pirotecnia que éste impuso.
Francia, que nunca ha tenido una llegada de primera línea en éste continente, suma a la ya polémica venta de arsenal militar a Brasil sus gestiones para liberar a Betancourt. Esto le da una influencia inusitada, nueva, en momentos que el Reino de España pasa horas frías en sus relaciones con América Latina.

DATO APARTE.
Paradójico es, además, como la misma persona pasó a ser colombiana cuando estaba secuestrada a colombo-francesa una vez que dejó la selva. Si bien todos sabíamos lo de su doble-nacionalidad, cabe preguntarse por qué la prensa hispana le sumó otra nacionalidad en cosa de minutos…

30/3/08

Cine y terrorismo

Omagh, la película sobre el atentado acaecido hace 10 años en la ciudad de Irlanda del Norte del mismo nombre -y estrenada el 2005- es un filme ante todo valiente. Dirigida por Peter Davis, el mismo de la hollywoodiana “En la Mira”, que ahora está en cartelera acá en España, narra la historia de Michael Gallagher, padre de una de las 31 víctimas de este hecho revindicado por el RIRA (Real Irish Republic Army). Éste episodio es el más sangriento en la historia del conflicto entre católicos y protestantes y estuvo a punto de hundir los Acuerdos de Viernes Santo, piedra angular del proceso de paz que ponía fin al IRA y la violencia sectaria que en Norirlanda no es poca (RIRA fue una facción de IRA que se negó a reconocer estos acuerdos).
Gallagher, sin tener mayor carisma y sin desearlo en demasía, termina siendo el vocero de las familias de las víctimas, con una entereza, dignidad y calma -y amor por su hijo muerto- sobrecogedoras; adjetivos que se echan en falta en las politizadas asociaciones de víctimas del terrorismo que hay en España.
La película tiene un tratamiento visual interesante, donde nunca deja de trascender que detrás de la historia personal de Gallagher, de la familia de éste y de las familias de los muertos, hay una multitud, una comunidad dolida y preocupada. Y es un acierto, pues la tesis del filme es que tanto la policía de la República de Irlanda (la Garda), como los agentes ingleses desplegados en los seis condados del norte, no tuvieron interés de procesar a los culpables pues el temor del recrudecimiento de la violencia, o la renuncia de IRA a permanecer en el proceso de paz, era más urgente e imperioso que llevar a la justicia a los presuntos terroristas.
Todo por un bien mayor, cómo muchas veces en la Historia.
Pero claro, Omagh es una ciudad donde históricamente protestantes y católicos llevaron buenas relaciones, por lo que quienes sufrían las perdidas de sus seres queridos eran gente que, sí bien anhelaba la paz, no comprendía que las buenas intensiones de las autoridades (Sinn Fin, Dublín, Londres) ocultasen detrás macabras maniobras de lo que se denomina RAZONES DE ESTADO. (En la foto, momentos después del estallido)
Y es valiente, pues el filme no es políticamente correcto, aunque sensibiliza por la misma ruta que quizás otras películas intentan hacerlo, pero no lo logran (no me conmoví ni un pelo con “Banderas de Nuestros Padres", por ejemplo).
En resumen, y tras dos horas de real emoción, uno se percata que las familias de Omagh son una piedra en el zapato de una paz vestida con trajes que aún no le calzan del todo…


Cine en Chile
Sin embargo, esa osadía es lo que se extraña en, por ejemplo, España. Son pocas las películas ibéricas que narren el conflicto vasco con algo de perspectiva. En la mayoría de éstas el tratamiento no es adecuado, se cae en la propaganda fácilmente o simplemente su calidad dificulta la empatía. Cuando aparece un recurso audiovisual de envergadura, como el documental “La Pelota Vasca” de Julio Medem, las familias españolas de las víctimas de ETA intentaron censurarla.
Pero la crítica no es sólo para España. Muy por el contrario, creo que el cine chileno tiene una deuda pendiente con su pasado reciente. No hablo ya del Golpe y la represión abstracta y los DD.HH. Hablo de hechos concretos, terrorismo de Estado, con un peso cinematográfico evidente que asegura taquilla.
Una película sobre el MIR, sobre el asesinato del fotógrafo Rodrigo Rojas Denegri, de la preparación del atentado a Pinochet, sobre el caso degollados, todas historias recogidas en textos y con testimonios de primera mano, tendrían una relevancia vital si, además, se hacen con actores reconocidos y pseudofamosos, de esos que departen el tiempo entre el teatro y las teleseries.
Asumo que aún el cine chileno, en pleno boom, es adolescente. Las mayores vías de financiación viene de la mano de productoras extranjeras y el Fondart. Esto coarta de sobremanera las aspiraciones de noveles directores, u otros experimentados, de llevar a la pantalla grande estas hechos ya que quienes ponen el dinero no quieren ver historias sobre el pasado reciente en una sociedad a todas luces frágil. Ya sea el Estado, la elite o Ibermedia, productora española asociada al grupo PRISA, ente comunicaciónal con fuertes lazos económicos con la Concertación, no ha habido voluntad para producir una película sobre hechos reales ocurridos en la dictadura.
Una película sobre la Operación Albania o la muerte de Tucapel Jiménez, hechos ya certificados por la justicia chilena, no nos hacen daño como sociedad. Muy por el contrario. Puede que incluso, si está bien narrada, abra ese camino de la sensibilidad que Omagh despeja desde las primeras escenas de aproximación.

13/12/07

Asaltado, pero no ultimado

El destino quiso….
El destino, el destino, el destino ¿El destino? El destino así como organizador de vidas, instantes, encuentros, robos y muertes…
Comienzo otra vez…
La casualidad quiso que el mismo día que en Saioa Sánchez y Asier Bengoa eran arrestados y/o atrapados (o simplemente “caían”) en manos de la ahora súper cooperante policía francesa, en Châteauneuf de Randon –sur de Francia-; yo, por razones que paso a relatar a continuación, visité un comisaría madrileña y mi enfrenté al rostro de estos personajes acorralado por el laxo tiempo de la burocracia transnacional.
Sánchez y Bengoa habían iniciado una permanente huida cuatro días antes tras dispararles en la nuca a los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en la ciudad gala de Cabpreton. La historia es conocida, no sólo por la reiterada cobertura periodística, sino porqué ETA suele actuar así, con tiros en la nuca (los últimos antecedentes recogidos confirman que Bengoa ayudó en la huida de Sanchéz, pero no estuvo en Cabpreton).
Las circunstancias eso si son algo más macabras: los etarras entraron a un café, oyeron hablar español a dos parroquianos, entendieron que eran policías, los siguieron y los ultimaron cuando subieron a su coche. Simple.
Ese día me reuní con mi buen amigo Edu y con Beatriz para acudir al café de Gijón (foto), antiguo centro cultural de Madrid, donde Neruda, Alberti y otros se reunían a debatir. Un espacio que juega con el turismo cultural, pero que se ha trasformado en un oneroso bar, donde por un whisky con hielo te soplan nueve euros y no te dan vuelto… En los tiempos en que los nacionales bombardeaban Madrid, con nueve euros, es decir 1494 pesetas, cerrabas el local y te quedaba para acabar la noche con alguna. De todos modos eso es una suposición, se entiende que en tiempos de guerra todo sube de precio. Corrijo, en tiempos de la República con nueve euros, o sea 1494 pesetas…
Luego fuimos a un bar de Alonso de Martínez, una calle que es uno de los vértices del barrio de Malasaña y, evidentemente en un descuido, me robaron mi bolso. Sí, fue un descuido, pero es difícil de graficar. Colgado en un gancho debajo de la barra donde bebíamos. Junto a el otros bolsos, otras prendas. Pero se llevaron el mío pensando que el botín sería más elevado: en efecto mi bolso es (era) el típico bolso para el ordenador, pero la CASUALIDAD, o más bien las circunstancias, hicieron que no llevara el ordenador esa noche.
¿Qué perdí? El bolso –que no era mío sino de la multinacional a la cual le presto servicios-, mi MP3, un cable para bajar las fotos del móvil, una bonita bufanda verde que era de Bea, documentos del trabajo y un cuaderno con algunas reflexiones. Me detengo eso si para describir lo más lamentable de lo perdido: MobyDick se fue entre los enseres hurtados y me quedé sin acabarlo, nunca supe si el capitán Ahab atrapó a la dichosa Ballena o esta se lo devoró. (Aunque lo vital eran las metáforas del suceso). Y perdí, también, mi billetera: Carné de Chile, licencia de conducir de Chile, NIE de España, dos tarjetas bancarias, tarjeta s de salud, MI ANTIGUA CREDENCIAL DEL DIFUNTO PERIÓDICO OJO EXTRA, boletos de tranvías de Zagreb, del metro de Lisboa, trenes de Suecia y autobuses de Irlanda. Tarjetas de presentación de amigos y conocidos, ticket relativamente importantes. En definitiva recuerdos que el personaje que se los llevó obviamente no valorará.

LA FOTO
Luego de percatarme se sucedieron las llamadas para bloquear las tarjetas y hacer la denuncia en la policía española. Esta última gestión fue bastante expedita, pero para confirmar el trámite debía ir a firmar a una comisaría. Y fue en ese momento, la mañana siguiente, el día de la Constitución, cuando esperando mi turno en la comisaría de mi Barrio del Pilar, miré el cartel con las caras de los seis etarras más buscados.
Antes, en Zaragoza, cuando me enfrenté a la situación de ser levemente sospechoso, me intrigó ver ese mismo cartel y esas mismas caras plagadas por todo terminal de autobuses o estación de trenes de España. Aquella vez me llamó la atención el sereno visaje de Saioa Sánchez, la sanguinaria chica supuestamente amante de Txeroki que, si bien nos apretó el gatillo, estuvo presente en la ejecución de los guardias civiles hispanos (en la foto antes de ser arrestada). Comparado con las caras un poco esquizofrénicas del resto de etarras, Saioa sobresalía por su tenue belleza y tranquilidad. Podía ser la chica del portal del frente, la del bar, la de la Facultad. Pasaría totalmente inadvertida, salvo por su llamativa belleza. No así el resto que parecía trasmitir en esas fotos algo de locura, de rabia, de miedo. ¿Cuál es la diferencia entre un vasco de 23 años que cruza el umbral ese de la estúpida ilusión y se une a la Kale Borroka, o directamente a ETA, con el otro vasco, que también quiere la independencia de Euskal Herría, pero sigue al Tau Cerámica, se come un pintxo y nunca dispararía en la nuca de nadie?
¿Dónde se radica la diferencia social del que cree en la mística de la violencia con el que piensa distinto, positivamente distinto?
Saoia cruzó ese umbral. Y ahora está detenida y le caerán miles de años.
¿Y del robo?
Nada, gracias a la compañía de Bea pasó inadvertido. Me quedé sin saber el final de MobyDick.

17/9/07

Una bomba fallida condiciona mi andar

-¿Señor me permite...? ¡¡¡ Señor!!!
-...
-Alto, Policía Nacional de España. ¿Tiene usted como identificarse?

Por mi trabajo en la multinacional de los dientes he tenido que viajar a Zaragoza -capital de la Comunidad Autónoma de Aragón- y a Calahorra, pueblo ubicado cerca de la primera ciudad (a hora y media en autobús), pero perteneciente a la Comunidad Autónoma de La Rioja, cuenca vinícola de la península española.
Mi intención primaria era pasar una noche en Zaragoza –CesarAgusta para los Romanos- y visitar la Virgen del Pilar o perderme por el casco antiguo de la ciudad que se engalana para recibir la Expo Mundial el próximo año. En resumen una de las principales urbes del Reino de España. Pero la capacidad hotelera de la ciudad del Ebro, sumado a la escuálida línea de autobuses que une Zaragoza con Calahorra (el autobús va a Logroño y efectúa una breve parada en el pueblo de marras) me empujaron a reservar una habitación en Calahorra.
La historia de esta narración no se relaciona con Calahorra, enclave en apariencia muy bonito y llamativo, pero que una vez sumergido en las calles te quedas con gusto a poco. De lejos se ve imponente, de cerca es lo que es...


La historia de esta narración no es una alegoría de mis idas y venidas.
La historia de esta narración ni siquiera nace por una observación, reflexión y/o recuerdo. Nace, muy por el contrario, por la estúpida osadía de tres o cuatro jóvenes que, y eso es lo único que a mi me toca, al parecer se parecen a mi...
Nace, incluso 48 horas del evento que paso a relatar a continuación. Nace en el aparcamiento de la delegación del Ministerio de Defensa del Reino de España en Logroño, capital de La Rioja.
Es la tarde del domingo 9 de septiembre y esos tres o cuatro tíos, amparados por la noche y motivados por lo imposible, dejan un coche cerca del sitio antes señalado cargado con 61 kilos de explosivos. Otro de esos osados llama a la redacción del periódico Gara. Son las 23:15 de la noche y avisa: en 20 minutos más estallará el coche.
Grupos Especiales de la policía española (los Tedax) se movilizan y como en la mayoría de las ocasiones logran desactivar el rudimentario artefacto explosivo. Luego un periódico diría que no explotó debido a que falló un cable, otro diario subrayaría la pericia de los oficiales; pero todos ahondarían en la situación de esos osados jóvenes que días antes habían hecho estallar un coche-bomba en la comisaría de la Guardia Civil de Durango ¿Tendrán la capacidad para volver a matar?

En tanto yo...
Cuando eso ocurría yo hacía lo mío. Lo mismo que hice en Puente Genil, en Ronda, en Don Benito... Mirar, hacer mi trabajo, beber un café, leer los periódicos regionales, mirar.
Era martes justamente lo que había ido hacer a Calahorra y Zaragoza ya estaba hecho. Con la lentitud del que sabe a que hora zarpa el buque, busqué la pequeña estación de autobuses de Calahorra para emprender el regreso a Zaragoza, para luego emprender el regreso a Madrid.
El viaje fue más corto que en la ida y entre el pasaje pude apreciar señoras de edad que venían de Logroño, inmigrantes rumanos, gente sin alegría que se bajaba y subía en los distintos pueblos donde la maquina paró... Por la matutina hora -11:30- no vi estudiantes universitarios.
Durante la primera parte del trayecto terminé de leer “Las Escalas de Levante” de Amin Malauf. Luego me desconecté conectándome los audífonos del MP3 para oír Mauricio Redoles. Eso hacía, oír a Redoles con volumen moderado, cuando el bus entró en la nueva y moderna estación combinada de autobuses y trenes que este verano se inauguró en Zaragoza...
Cuando pisé el andén tenía la idea clara: comprar de inmediato el billete a Madrid y luego irme a comer a una de las tres cafeterías de la estación, pues en sólo una hora más salía el convoy a la capital de España y no tenía ganas de vagabundear por las calles de Zaragoza. Ese era la idea, claro, pero un extraño y lejano murmullo, imperceptible por la música del MP3, cambiaba mis planes. El murmullo se transformó en un grito y el grito en una escena: una mano cogiendo mi hombro con fuerza y tesón. Mi cuerpo se gira en redondo antes que mis pensamiento. En un gesto casi innato me saco los audífonos para confirmar lo que lejanamente oí. Ante mi tengo a tres hombres. Uno me habla y me pone la chapa de la Policía Nacional de España en la cara, el otro tiene una radio, el otro tiene la mano en la espalda...
- ¿Tiene usted como identificarse?
- Si, claro...(le paso mi DNI)
- Mmm, estudiante chileno. ¿Qué hace en Zaragoza?
- Turismo. Estudio en la Complutense...
- ¿Viene de Logroño?
- No de Calahorra y ahora me voy a Madrid, ya estuve en Zaragoza.
- Toma el DNI Paco, llama a la central y chequéalo.
Ahí estoy yo. Parado en las dársenas de la moderna estación de Zaragoza rodeado de tres policías de civiles que me han confundido. No sólo me han creído español, sino vasco. No sólo me han creído que detrás de las oscuras gafas y del auto-aislamiento del MP3 había un sospechoso, sino un etarra, un enlace quizás, o directamente han imaginado que soy uno de los tres o cuatro estúpidos que aparcaron el coche-bomba en Logroño.
La situación, evidentemente, es de rutina. Un grupo de policías aprestados en la estación principal de Zaragoza vigilando que tipo de gente se baja de los autobuses que viene del sitio del suceso (Logroño). La ecuación es simple y es más simple si se piensa que en el bus no había nadie más que yo con apariencia sospechosa: gafas, pelo medianamente largo y castaño, ropa
arrugada, mochila, una barba mal afeitada y prisa... Pero soy chileno, vengo de Calahorra y las gafas no quieren ocultar más que el mal dormir en el hostal donde pasé la noche.
- No te preocupes Chaval, esto es de rutina.
- ¿Es por lo de ETA?
- Si. (escueta y políticamente correcta respuesta)
- José, que es el tío está limpio.
- Gracias. (me pasa el DNI) En las taquillas 6 y 7 puedes comprar el billete a Madrid.
Mis labios sueltan algo así como “vale” y guardo sin salir de mi asombro el DNI en la billetera. Pienso en decirle algo más, un leve protesta por el tiempo perdido, pero me contengo. Recuerdo las vicisitudes que pasé con un grupo de borrachos, afuera de las torres de San Borja, otro martes de septiembre hace ya cuatro años, cuando me vi entonando el himno de Carabineros de Chile y minutos después siendo emboscado por una patrulla policial (el Cabo Larios se sintió ofendido). Cinco lucas me constó esa gracias y cinco tambien a Gordo Azocar a Mariano y a un tal Edgardo. Apenas sé como funcina la mente policial de los pacos, sería pretencioso intentar dialogar con los grises o ex grises, aunque estos vallan de civil.
Sigo mi camino y veo que el afiche con la imagen de los ocho etarras más buscado está pegada en todas las boleterías, en todos los café, hasta en el baño, donde entro a mojarme la cara. Ya no hay tiempo para ir a la cafetería.

7/8/07

Amenazas de bombas

La primera vez que huí de una bomba fue a fines de los ’80. Pero el concepto material de terrorismo-miedo-reivindicaciones políticas aún no cuajaba en mi mente. En aquellos añorables años las variables fanático-islamista o nacionalista-identitaria todavía no aparecían y toda bomba o asesinato acaecido tenía la lógica de la Guerra Fría impregnada en la dinamita o la goma dos (recordar que ETA en su fondo, es un movimiento de izquierda que lucha contra el fascismo).
Ocurrió un sábado de primavera de 1988 a meses o días del trascendental plebiscito del SI y el No, votación que decidiría si Pinochet seguía mandando o se abría la puerta para el advenimiento de la democracia (mis palabras no resumen lo que esto significó y significa para Chile, algún día escribiré algo sobre el 5 de octubre del aquel año)...
Era sábado, recuerdo, porque la escena transcurre en el metro Universidad de Santiago, la estación más cercana del terminal Alameda. Ese día llegaba con mi madre a la capital de la República de Chile a alguna reunión familiar y, como solía ocurrir en esos años, la impuntualidad de mi progenitora se potenciaba con la defectuosa ruta 78 y los destartalados Pullman Bus que unían mi San Antonio con Santiago. En resumen, íbamos muy atrasados...
Pero al comienzo la suerte pareció ayudarnos. Apenas compramos el boleto de metro -yo tenía 6 años y pasaba por debajo del torniquete- la alarma del cierre de puertas comenzó a sonar. Mi madre, con el abultado bolso en la diestra y agarrandome de la mano con la siniestra, bajó rauda por las escaleras y logramos subirnos al vagón por milésimas de segundos. Pero la alarma no dejó de sonar, las puertas seguían abiertas y otros dos rezagados también se subieron al convoy restándole dramatismo al carrerón de mi madre. La gente se impacientaba y yo sacaba cuentas de las paradas que faltaban para llegar a Manuel Montt...
Minutos después el conductor del tren anunció por los alto parlantes que había una amenaza de bomba en la estación Los Héroes y que el servicio del metro quedaba suspendido. La gente se bajó tranquila, más bien molesta por el tiempo perdido. Algunas voces se preguntaban quien sería el autor de tal amenaza: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez o el grupo Lautaro. Por que en definitiva fue una amenaza. (Guardando las proporciones el FPMR es a ETA, lo que Lautaro puede ser a GRAPO, es decir más que un par de crímenes y atracos bancarios Lautaro no hizo mucho más y fue desarticulada en breve)
Nos tuvimos que ir en micro, en esas micros pre-pre-pre Transantiago y, como el transito estaba cortado por la Alameda debido a la amenaza de bomba, el autobus dio un rodeo eterno que nos dejó en nuestro destino una hora tarde. Mientras miraba por la ventana el ajetreo, las patrullas de policía con sus sirenas encendidas, la gente corriendo, el chofer de la máquina literalmente se sobó las manos. “Con el metro cerrado, las micros van estar llenitas...”, comentó sonriendo. En efecto la micro en que nos montamos con mi madre estaba repleta, pero alguien le cedió el asiento y yo me fui sentado en su falda.

En definitiva ganó el NO, Pinochet se fue de la Moneda, el Partido Comunista no se alcanzó a subir al carro de la Concertación y su brazo armado no entendió que tras el fin de la Guerra Fría y el retorno de la democracia, el terrorismo ideológico podía ser aparcado. El FPMR se separó y una de sus ramas continuó la “lucha armada” asesinado a balazos al ultraderechista senador de la UDI Jaime Guzmán cuando salía del campus oriente de la Universidad Católica el 1 de abril de 1990. Yo no sabía que significaba ser senador o ser UDI, ni tampoco ultraderechista (la dicotomía en esos tiempos era: Pinochetistas versus no Pinochetistas, Guzmán era de los primeros), pero quedé impactado, tanto así que cuando días después murió el pianista Claudio Arrau pensé que había muerto un “senador”. Nada más importante que ser senador. Cualquier muerte que aparecía en la TV tenía que ser de un senador...
En esos primero años de democracia el FPMR secuestró al hijo del dueño del diario El Mercurio, cometieron varios asaltos y, tras un atraco bancario frustrado, se refugiaron en una casa raptando a una familia durante todo el día. Aquella noche el noticiario nocturno se alargó una hora más esperando el desenlace del rapto -todos los frentistas abatidos por las fuerzas de seguridad, la familia rescatada ilesa- que Canal 13 suspendió la emisión del capítulo de Flash, ese superhéroe que corría rápido y vestía de rojo...
Puede que perpetraran más actos violentos, pero mediaticamente no recuerdo más (salvo, claro está, la gran fuga en helicóptero el 31 de diciembre de 1996 con Mauricio Hernández Norambuena, Ricardo Palma Salamanca, Patricio Ortiz Montenegro, Pablo Muñoz Hoffman colgando en un canasto y todo Chile descorsertado...).

Años después, ya en España
El terrorismo en mi vida da un salto cuantitativo hasta el 12 de diciembre de 2004. Ese día acudí con mi ex cuñado Yago a ver al Real Madrid contra la Real Sociedad al Santiago Bernabeu. Era la primera vez que iba a ese estadio y el partido era malo, así que me preocupé de sacar fotos, ver las gradas, la gente. Transcurría el minuto 77 y el partido iba empatado a uno cuando el cuarto árbitro llamó al juez. El juez llamó a los jugadores y mi ex cuñado me dijo que saliera que algo había pasado o iba a pasar. Otros pocos también comprendieron que algo extraño ocurría. Para cuando anunciaron por los alto parlantes que había una amenaza de bomba de ETA la mitad del público ya había abandonado el estadio en un correcto orden.
Pero claro, eran otro tiempos. Las torres gemelas ya habían caído, el 11-M enlutaba Madrid y España y en Chile se sentía una extraña sensación que la distancia ampararía la calma. Nunca el terrorismo en Chile metió miedo (salvo el terrorismo de Estado), por lo que declaro no estar sensibilizado con el tema. Alguna vez me vi discutiendo con una mujer española sobre ETA y cuando se quedaba sin argumento me soltó: “Tu no sabes lo que es ETA porque tu nunca has vivido el terrorismo”. En rigor, tenía razón y quizás el recuerdo de esa conversación me ha llevado hacer este repaso...
El 7-J estaba en Pamplona viviendo los San Fermines. Fue mediante Gara que me enteré, gracias a las fotos, pues no entendía ni entiendo el vasco; que algo había pasado en Londres. Me fui a un coche a oir que algunos datos más y entre la avalancha de información Radio Nacional de España confirmaba que el gobierno central había subido el nivel de alerta.
Aquello no es menor. Quizás para el resto de los españoles no significase mucho. Pero tras regresar a Madrid después de mi estadía en Navarra verifiqué que el nivel de alarma se hacía tangible y visible con guardias de seguridad armados con rifles y perros en cada tren de cercanías de la capital hispana. Sólo dos veces había visto a un ser humano con una UZI fuera de un recinto militar.
En los tiempos de Pinochet las metralletas abundaban, pero el recuerdo me lleva a un local de Cema Chile (organización de beneficiencia de la esposa de Pinochet) que quedaba al lado de mi casa y el cual estaba resguardado con tres soldados fuertemente armados, a pesar de estar ubicado en un barrio residencial...
(La otra fue en Montevideo, el año 2004, cuando vi a unos guardias bancarios con Uzis y miradas amenazantes).
No es menester decir que el terrorismo logra su objetivo con una facilidad abismante en el primer mundo. No es que asuste, al menos no me asusta del todo que una bomba estalle en Irak o un coche bomba se estrelle en el aeropuerto de Glasgow. Pero logra que el poder establecido reaccione para mantener o salvaguardar el statuo quo. En dictadura las soluciones son rudas y banales: metralleta, tres soldados, desalojo total del metro... En democracia se intentan otros métodos más decentes, pero que igual atentan contra la libertad y la tranquilidad. Invetervenciones telefónicas, impedimentos de llevar shampoo en los aviones, desalojo total del metro (o del aeropuerto). El megaterrorismo mediático inaugurado después del 11-M (antes tambien lo hubo) trae consigo dos consecuencias. Miedo y perdida de libertad. Y en ambos casos el poder, en vez de aplacarlos fortalece esos tristes sentimientos.