26/6/08

Euro 2008, Italia contra España en un Bar de Parnell Street

El partido se juega lejos, pero también se vive en un bar de australianos ubicado en Parnell Street, en la ciudad de Dublín, en Irlanda; país europeo, sí, pero reñido con la Unión y con la Eurocopa, torneo continental que hoy por hoy se lleva a cabo en Austria y Suiza y que se celebra cada cuatro años. Eire clasificó por única vez en 1988 y en aquel año se anotó el mayor triunfo de la historia futbolística del país: 1 a 0 a la Inglaterra de Gary Lineker y David Platt, con gol marcado por un escoses -Ray Houghton (en la foto)- que al otro día vio su cara estampada en las camisetas de los fanáticos y los no tan fanáticos, pues ganarle al país del cual te independizaste tiene un gustillo especial, que también probó por esos años –y más hondamente- Argentina después de la Guerra de las Malvinas. Ante el mismo invasor... el mismo país.
Bueno, eso en Irlanda, un país limitado en lo futbolístico, por lo que se entiende que en dos colosos como Italia y España la algarabía por el choque de cuartos de final de la Euro 2008 tiene un cariz más dramático, pero quizás menos histórico. De la historia grande, pues el tema del codazo de Mauro Tasotti a Luis Enrique en el Mundial de EE.UU. fue recurrente en las rotativas…
Y en definitiva la tuvo.
Y en medio del bar australiano una leve mayoría de italianos se enfrentaron, entre gritos y cánticos, a los aguerridos españoles convencidos que esta sería su oportunidad, su hora, el instante de cruzar el Rubicom y ser algo más que España, la siempre presente y perdedora España.
Más sin embargo, ante la mirada del neutral, la situación ahí en el bar, y en la proyección televisiva de la grada del Ernst Happel Stadium, no era halagüeña para los ibéricos.

¿Por qué?
No creo que sea sensato encarar un partido de tan alta envergadura y ante el actual campeón del Mundo, con el simpático cántico “alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”. Antes de comenzar el partido la hinchada roja daba por perdido el partido anunciado que lo principal era la birra y no el pase a las semifinales del campeonato…
Esa disminuida presencia tras la ronda preliminar de canciones, se vio multiplicada a la hora de los himnos. Sabido es que la melodía nacional de España carece de letra y es una marcha militar cargada de un simbolismo político que no aúna a todos los españoles, por lo que en el momento de su ejecución la mayoría se concentró en pedir la segunda o la tercera… Muy por el contrario, el himno de Italia tiene letra, tiene historia y termina con la repetición de la palabra muerte... Y en el bar, y en la TV, los fanáticos se pararon a entonar el himno, con la mano en el corazón, con emoción, con la corta historia de la Italia unificada exudándoles por los poros. Pues son 160 años versus 500 años. Esa es la ecuación histórica que separa a uno del otro contrincante, pero en el momento de los himnos quedó claro porqué la ecuación futbolística se inclina a favor del lado itálico. “Patria es selección nacional de fútbol”, expresó Albert Camus, y al parecer es ahí, donde la patria esta bien cimentada, donde el fútbol triunfa. Identidad, unión, añoranza.

Insultos a la italiana
Y comenzó el partido y España fue tremendamente mejor. El once de Aragonés sabía que se jugaba la historia futbolística del país y eso se notó, aunque los seguidores italianos, sabedores a su vez del mezquino juego de la “Azurra”, entendían que en cualquier momento podían marcar y con eso se liquidaba todo… Pero aparte de lo que ocurría en el campo, los españoles de afuera comenzaron a imponer una tónica mejorada de sus arrebatos –dejando aparcado el “hemos venido a emborracharnos”- lo que se contrapuso a la banalidad itálica para insultar: El Niño Torres coge la pelota tras pase de Senna, y su imagen aparece reproducida en los cuatro televisores y en las dos pantallas gigantes que hay en el bar. Abucheos y aplausos. Una calabresa salta indignada y dice “vete a comer paella” (¿?), como quien dice “vete a tomar por culo”… Tras vivir casi dos años en España y tener un abuelo español, no me pareció aquella sentencia alusiva a lo tan típicamente español un insulto. Y hubo más “Nos veremos en la Plaza de toros”, bramó uno de Milan que, vestido con la camiseta del Inter –con el nombre de Materazzi estampado en la espalda- creyó apuntalar el ánimo de los españoles lanzando al voleo aquella frase cargada de asombro (Lo más paradójico es que pude ver como el milanes escondía la cabeza luego del grito, pensando que algún macho ibérico podría realmente molestarse por la arenga, aún cuando todos sabemos que sólo era un partido de fútbol…)

Semifinales.
Penales y ganó España. España está ad portas de ganar la Eurocopa. Ciertamente sería un avance. Quizás la constitución estatal de Italia tenga su bemoles tal como los tiene las españas contemporáneas (Italia, donde el norte y el sur chocan a diario), pero pienso que un título continental y/o planetario ayudaría a generar una mayor identificación por la selección nacional de fútbol español…
Ese equipo que todos quieren después del club de la Liga o incluso del club de la provincia. Ese equipo al cual los futbolistas vascos renuncian, ese equipo al cual acuden los futbolistas catalanes, pero se doblan las medias para tapar la bandera española de sus calcetines.

A fin de cuentas, en la super era de la globalización deportiva, la mayoría de los atletas profesionales tiene parecidos espacios para desarrollarse y es claro que un Pirlo no es mejor que un Frabregas... Pero es en el minuto 90, con el marcador en blanco, cuando los mitos históricos se agrandan. Por eso ganan siempre los mismos. Es por eso que Alemania está en la final.
Por eso si España gana esta Eurocopa en el futuro sabrá que representa.
Claro, si desde la galería se logra cambiar el repertorio tan curtido de canciones para apoyar al equipo.

20/6/08

Banalidades de Dublín

Alguna vez un periodista de El País, corresponsal en una importante ciudad del hemisferio sur, tuvo que escribir un artículo para una edición especial de fin de año del periódico en cuestión narrando su experiencia en el nuevo frente que cubría. La idea era que todos los corresponsales en el mundo contasen sus vivencias en los diversos lugares donde “está” la noticia.
El periodista llevaba tres meses en su nuevo destino laboral. Luego de oír un tango y quizás comerse una milanesa, reflexionó caminando por Avenida Corrientes y
llegó a la conclusión de que lo que más le sorprendía de la Nación que cubría era:
1) La sorprendente sensación de vivir la Navidad , el Año Nuevo y Reyes en verano.
2) El agua del grifo girando para el lado contrario del cual él estaba acostumbrado.

El etnocentrismo de aquel profesional de las letras y de la información era más potente que la posibilidad de abrir los ojos y tratar de observar lo nuevo y diferente. Hacer un ejercicio de lejanía, de entrever al “otro”. En definitiva los grandes medios de comunicación de todo el mundo, además de la Agenda Setting , de la pauta o de lo que realmente quieren informar los dueños de éstos, están coartados por el público que los consume y quiere un tipo determinado de noticias. No me cabe duda que el consumidor de El País quiere leer lo que gente, como ese corresponsal, escribe a diario desde su destino laboral. En rigor, son los intereses de España bajo la óptica de España. Una circunstancia legítima, pero no óptima.
Sin embargo, es un peligro real. El esfuerzo de querer “ver” es de verdad es un esfuerzo. Corro el riesgo de caer en ese juego, el de sorprenderme por los tópicos generales de éste país –Eire- sin profundizar como quisiera y me demanda este mísero Blog, pues aún no estoy en condiciones de hacerlo y deseo, antes de marcharme de Irlanda, poder analizar la situación política y social con mayor cabalidad.
En resumen, y si a eso le sumamos la escasa información internacional a la cual accedo, y la suspensión temporal de lecturas en español, no me queda otra que hablar de mi observación banal de la ciudad, Dublín.

Legalidades
Es ilegal orinar en la calle.
La influencia protestante ha hecho mella en una sociedad mayoritariamente católica y si bien el desorden –como antónimo de orden protestante- es plausible en la ciudad, el respeto por ciertas normas y leyes no van de la mano generalmente con el catolicismo, esa religión que lo perdona todo. En concreto la gente no orina en la calle, pues si lo hacen los multan.
No se pueden fumar dentro de los bares tampoco, como en España, pero acá aquella medida se cumple aunque esté lloviendo y salir a la calle a fumarte el tabaco parezca un suceso viciado en sí mismo…
Paradójicamente, ningún mandato municipal obliga a no vomitar, como si éste acto tan humano fuese partícipe de la vida diaria del irlandés. Por tanto es más común ver a dublineses vomitando que orinando. Y dada la elevada ingesta de alcohol del lugareño y el turista, el número de vómitos esparcidos por Temple Bar u O’Connell Street no son pocos. Por la mañana las calles están cercadas por leves riachuelos de vómitos que buscan desesperadamente la alcantarilla, por lo que se deduce que la medida “anti-meado” no apela a la higiene de la ciudad sino a la idea de censurar una hipotética obscenidad.

El No
Imposible, por lo mismo que señalo en el primer párrafo, no hablar de lo más comentado. El No de Irlanda al Tratado de Lisboa, proceso que viví a concho acompañando a Antonio, corresponsal en Londres de Radio Intereconomía, quién venía a cubrir el magno evento, evento por el cual ahora Irlanda pasa como desagradecida, después de que la Unión Europea despachara 55 mil millones de euros de ayudas. Por el contrario el irlandés cree que los 60 mil euros de renta per cápita se lo deben a la inversión extranjera –estadounidense- que se instaló en la isla por la baja tasa impositiva, diferente al resto de países de la UE.

Dialogo de ciegos que deja a Europa otra vez negociando, el verbo que más conjuga desde que se logró el instaurar el euro (que no circula en todos los países de la Unión ) y el pacto de Schengen (al cual Irlanda y Gran Bretaña no están adheridos).
Tampoco es que la gente celebrase en las calles el triunfo sobre Europa, óptica dada por conservadores económicos y religiosos -se hizo temer que la aprobación del texto traería modificaciones a la política fiscal de Irlanda e incluso se habló de que decirle SI a Europa significaba la aprobación del aborto-, sin embargo se puede detectar en el tullifo irlandés cierta alegría por la negativa rotunda. A todos, y en todas partes del mundo, les gusta jugar al individualismo.

11/6/08

Del trato y el tratado

Martes 10 de junio, 18:01.
Lisboa, Lisboa, Lisboa, Lisboa.
El nombre de la capital lusa se reproduce en cada poste, en cada muro, en cada calle. En los periódicos y en las conversaciones de los bares, la ciudad portuguesa es invitada al debate… En rigor la palabra que resuena es “Lisbon” y generalmente va acompañado del vocablo anglosajón “Treaty”, pero en Dublín, y en toda Irlanda, nadie está ajeno a esas seis letras.
La República de Irlanda se enfrenta el día 12 de junio a un referéndum que puede ser histórico. Es el único país de la Unión Europea que convocó una votación para ratificar el documento que el año pasado pactaron los líderes de los grandes de Europa (más el incordio de Polonia) y que en su esencia busca reemplazar la utópica Constitución Europea. Aquel primario montón de letras nunca visitó las rotativas pues murió de dos estocadas el año 2005: El No de Francia y el No de Holanda, escueta respuesta de los ciudadanos de esos países a sendos referéndum convocados para la aprobación de la mentada Carta Magna. Las objeciones del pueblo holandés y del pueblo francés dejaron el proyecto europeo en coma inducido.
Justamente para evitar ese tipo de impasses en éste nuevo documento, las demás naciones le dieron el visto bueno por la vía rápida, es decir, sólo mediante el visado del Congreso y el Ejecutivo (y por lo mismo, todo lo aparatosamente vinculante, o lo que podría traer consigo una descoordinación legal, se eliminó dejando al actual tratado –treaty- como un remedo indecoroso del proyecto original, pero así funciona Europa…). Sólo Eire optó por preguntar y si Eire dice No todo se liaría otra vez. Y las encuestas dicen que gana el No…

Sábado 7 de junio, 14:38.
Caminar resume mi actuar. Caminar por Dublín, el sábado pasado por Belfast, por West Belfast. Por Dublín 7, el barrio de Javi. Por Cabra Road, North Circular Road, Phisborough Road, Kildare Street.
El autobús cuesta 1,5 y las máquinas donde depositas las monedas no dan cambio. Si pagas con dos euros te dan un ticket con el vuelto, el cuál puedes ir a canjear a un edificio burocrático. Más vale juntar una buena cantidad de ticket antes de aventurarse ha hacer una fila de dimensiones. Dimensiones, las que no tiene la ciudad, capital de Irlanda, Baile Atha Cliath, núcleo republicano entre los territorios del UK. Es por esto que caminar se antoja sencillo y hasta amable, pues la fría Dublín que visité en noviembre dio paso a una calurosa urbe, con demasiadas horas de luz, con demasiados españoles, polacos, brasileños. Con uno y otro chileno que sorprende…

Domingo 8 de junio, 19:11.
Podría adjetivarse como vertiginosa mi nueva vida en Dublín. Llevo 11 días y ninguna jornada se ha parecido a la anterior. Entre la búsqueda de un sitio para vivir, de un trabajo o las idas a la Academia de Inglés, sumado a un fugaz viaje a la capital de Irlanda del Norte, mal llamada Ulster, -que en otra ocasión relataré con más detalles, pues se merece todos los detalles- más los diversos Bares o Pubs que he visitado y la infinidad de gente que he conocido, cada día ha estado marcado por una buena o mala noticia, por una posibilidad que se agranda y otra que se diluye, gente que viene y gente que se va.
Quizás por todo esto no he tenido tiempo para sopesar desde el relajo matutino, o vespertino, pero relajo al fin, lo que estoy viviendo, pues además, y aunque me provoque cierto escozor decirlo, el cambio no ha sido del todo traumático e incluso en los peores momentos he sentido –o he querido sentir- que todo es momentáneo y circunstancial, ya que en rigor el viaje, el cambio, lo inicie en octubre de 2006 cuando me fui de Chile y no ahora, hace diez días, cuando abandoné mi cada día más aburguesada vida madrileña.
Quizás todo eso se resume en una palabra: experiencia. Irme de un país a otro, pasar una frontera, ver mástiles con telas distintas ondeando en avenidas más o menos transitadas ya no me provoca una revolución como antaño. Ahora lo que realmente produce alegría es observar, mirar los comportamientos ajenos a uno, preguntarse el por qué de los gestos, de los asombros, de los acentos.

Miércoles 11 de junio, 8:38.
¿Es Irlanda parte de Europa?
Sí, pero pueden los irlandeses perfectamente sentirse “no participes” de lo que se denomina Europa, como continente, como proyecto. Los carteles que llaman a votar No apelan a no seguir ciegamente a Alemania y Francia. La gente está disgustada con la actitud de los líderes políticos locales que piden por favor el Si ante la posibilidad que los “grandes” de Europa se puedan molestar.
La clase política está desprestigiada, el anterior Primer Ministro –que recibe el título de Taoiseach-, Bertie Arhem abandonó el cargo por corrupción y ya lo investigan. Sin embargo, la mayor parte del arco político, con todo el aparataje mediático que eso implica va a por el Si.
Sólo el Socialist Party y el Sinn Finn llaman a votar por el No aludiendo a la militarización de Europa, a la nula mención que el Tratado de Lisboa hace a la salud y a la educación. Pero los numeroso carteles instando el voto negativo no circundan sólo a esos dos partidos. Se ve que detrás del descontento hay otras fuerzas: camioneros, cooperativas agrícolas, esos grupúsculos que, presentes en todos los países del mundo, nunca se tomarían un té con la globalización.
No es del todo desmedido, sin embargo, pensar que en el fuerte lobby negativo esté la única potencia que se beneficia con una Europa en permanente reyerta. La potencia que recibió miles y miles de inmigrantes irlandeses en el siglo XX y donde muchos de los más importantes políticos son de origen irlandés. Puede ser una destopía, pero me pagan por buscar teorías donde nos las hay.
Aunque de ese dinero no he visto ni cobre y la verdad los euros se acaban.

29/5/08

Hasta luego Madrid

Hace unos días una persona, cuya lengua materna no es el español, me dijo: “El día 14 de junio es la fecha de entrega, es nuestro deadline”. La palabra anglosajona, algo rebuscada sin duda, o quizás exagerada, pues más parece definir una zona militarizada donde un Estado no tiene control sobre un territorio definido, me quedó dando vueltas una o dos tardes hasta que un día, mientras regresaba desde mi trabajo a casa en el tren de cercanías, quizás algo estresado por todas las gestiones que tenía que hacer, observé el perfil de Madrid que los rieles y la velocidad del bólido me permitían ver y mi mente recordó un símil del vocablo antes descrito: Skyline…que es un manoseado barbarismo que arquitectos o urbanistas usan desmedidamente para señalar la silueta que proyecta una urbe.
En efecto, ahí estaba la capital española, con sus cuatro megatorres construidas en la ex ciudad deportiva del Real Madrid sobresaliendo arteramente por sobre otros edificios mucho más pequeños, pero de igual modo reconocibles. O que al menos yo puedo reconocer sin mayor esfuerzo. Y es que también puedo decir, por ejemplo, que debajo de las torres Kio –a un costado de las cuatro grandes- está Plaza Castilla y que ahí puedo coger los autobuses para ir a Alcobendas, a la casa de Esther o José, o que muy cerca de ahí, caminando hacía la estación de Chamartín, vive Noemí, ex compañera de la Universidad, o que una parada, a pocos metros de la mentada Plaza, me deja el autobús que me trae de la multinacional que me dio para vivir estos meses. En ese lugar, no pocas veces, Bea me esperaba a eso de las 18:00 horas cuando salía de trabajar y entre el café o la caña caminábamos por los ardedores del barrio y una de esas veces vimos un cartel que nos instaba a ver la obra 2666 basada en la novela de Roberto Bolaños que daban en Legazpi, pero cuyo precio y extensión (6 horas) terminaron minando la posibilidad de hacerle caso a aquel cartel…
Todo lo anterior ya es pasado. O prólogo. Pues de hecho, aunque debería haber escrito estás líneas hace días, me veo en la habitación de Javi en Dublín escribiendo sentimientos que ayer afloraban por todos los rincones que pisaba, con una sensación de ultimátum. En octubre pasaré unos días por Madrid, en el futuro seguramente volveré, pero dudo que vuelva a pernoctar tanto tiempo en la antigua capital imperial.


Irse
Marcharse de una ciudad es un ejercicio poco habitual. Sin embargo, he dejado ya tres ciudades a lo largo de mis 26 años de vida y se me antoja triste otra vez, sí, huelga decirlo, pero ¿Por qué me voy si más que mal me ubico en Madrid, conozco gente, me sé los recorridos de los autobuses, soy habitual del bar de mi barrio y tengo un trabajo estable?
Cuando llegué sabía que no me quedaría mucho tiempo, lo intuía. Y ahora que miro para atrás compruebo, desde la óptica de los ciclos, que ha pasado ya un año y medio y que las caras que dejé en Chile ya no serán las mismas y que yo ya no lo soy. Y muchos de los ropajes de esos cambios que quizás experimenté se quedaron en las calles de Madrid, en mi habitación del piso que compartía, en el tren de cercanías que me llevaba a casa, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, en el bus 133, en las muchas ciudades que conocí en España, en las conversaciones que sostuve, en las nacionalidades con las que me tocó compartir y aprender (española, vasca, catalana, ecuatoriana, paraguaya, uruguaya, argentina, rusa, alemana, belga, francesa, portuguesa, mexicana, indonesia, senegalesa, guatemalteca, brasileña, italiana, colombiana, venezolana, peruana, inglesa, irlandesa, marroquí, saharaui…). Pero sobretodo en las despedidas en Avenida América o en la T4 de Barajas, que en definitiva son las que han marcado éste nuevo rumbo…


Cosas y cambios
Dejo amigos, dejo con ellos anécdotas. El concepto amigo se ensancha en una ciudad como Madrid, se engloba en latitudes más profundas y más dúctiles que en Chile, donde los amigos son los amigos y cuesta gestionar otros cariños después de que ya conociste a los amigos, esos de toda la vida.
Aprendí, además, muchas cosas en Madrid. Por ejemplo, un día domingo de abril de 2007 a las 9 de la mañana, al abandonar el portal de un piso perdido del barrio de Las Letras cerca de Atocha, y mientras me levantaba las solapas de mi chaqueta para protegerme del frío primaveral que se negaba a ir de la ciudad, comprendí lo que es la soledad con mayúscula, lo que es no tener que avisarle a nada a nadie, lo que es ser un ente solitario. Esto es tal vez lo que realmente deberíamos asumir antes de encontrar el verdadero valor de la soñada compañía, es que elegimos.
Aprendí también cosas más banales: cocinar algunas cosas, planchar mal, comprar en el supermercado, gestionar emociones, mirar la lluvia. Hice un postgrado de Comunicación y Conflictos Armados, trabajé en un departamento de marketing, me relacioné con decenas de gerentes de cines, trabajé en un bar dentro de un gimnasio, hice de promotor de jabones, visité más de lo aconsejable los pasillos del Hospital Princesa.
Será imposible determinar ahora, hoy, el peso que estos 18 meses en Madrid tienen en mi vida actual. Aún el viaje continúa, aunque ahora mi destino y mi presente sea Dublín, cuyas primeras apreciaciones las escribiré próximamente.
Sin lugar a dudas aún estoy anestesiado por el cambio.
Zanjar el porqué de mi partida sin recurrir al afán de viajar, de aprender, al leve hastío de algunos recovecos, es realmente difícil. Me fui de Madrid porque ya viví en Madrid.

11/5/08

Destrosos en Myanmar, decadencia en EE.UU.

Hay una teoría más geográfica que geopolítica que indica que Europa es el mejor lugar para vivir, y por tanto, es la región del mundo más desarrollada o la que alcanzó más rápido la “civilización” imperante en la actualidad. Ahí las preocupaciones en tiempos de revolución giraban en torno al progreso y los “castigos divinos” eran tan escasos que realmente parecían una penalidad Suprema, como fue la peste bubónica en el siglo XV que diezmó la población del continente en un 30%.
En efecto, en Europa no hay terremotos (salvo Grecia y Turquía), no hay huracanes, no hay sequías, no hay volcanes activos, no hay tifones, los inviernos no son crudos (salvo Rusia) y el verano no es del todo sofocante (salvo las planicies centro y sur ibéricas). Justamente en los países donde el clima era menos benévolo para cultivar la tierra fue donde comenzó la revolución industrial y/o donde “la maquina” logró el máximo de producción. Inglaterra en el primer caso, la URSS en el segundo.
En el resto del mundo “colonizado” los accidentes metereológicos o geográficos han condicionado la expansión del hombre blanco y le han impuesto una manera de encarar su existencia de manera distinta, ejemplificado esto en EE.UU. (terremotos, desiertos y tornados) o Australia (desiertos).
Eso, sin contar con los terremotos que sacuden Japón o las lluvias que desbordan el río Amarillo en China o los volcanes que irrumpen en Chile o los monzones en Bangladesh o los huracanes en Guatemala. O lo más inmenso: el Tsunami del sudeste asiático de diciembre de 2004.


La antigua Birmania
Lo que esta semana pasó en Myanmar, extraño y anacrónico Estado fallido comandado por una Junta Militar al estilo Guerra Fría, confirma que hay rincones en este redondo mundo que son inhabitables, pero que el empuje demográfico, la inmigración campo-ciudad (y por ende las desordenadas aglomeraciones urbanas) y el evidente cambio climático (¡realidad y no destopía!) posibilitan que seres humanos, personas, se ubiquen y pernocten en radios cada vez más peligrosos y ha expensas de una naturaleza cada vez más nerviosa.
Y claro, si a eso le sumamos una burocracia histérica el saldo es nefasto: 40 mil muertos.
(En este punto vale subrayar la perfecta evacuación que el Ejercito chileno ejecutó en Chaitén -ciudad, ahora, fantasma- debido a la erupción del volcán del m
ismo nombre que sumergió a la pequeña urbe en un halo inmenso de cenizas y dónde aún hoy el peligro de que el macizo expulse lava es real).
La antigua Birmania, el martes, sufrió el paso de un ciclón tropical llamado Nagris. La bizarra Junta de aquel país, que deja a los que ocuparon La Moneda como campeones de la democracia, no sólo ha prohibido la prensa internacional -por lo mismo el número de muertos aún no es del todo claro y oscila entre 15 y 70 mil- sino que también coartando la ayuda humanitaria, que se pudre en Tailandia, esperando el salvoconducto de unos mandatarios que sólo tienen el beneplácito de una China que ya está harta de los problemas en su año Olímpico (eso, sin desmedro que Francia también maneja intereses en la zona y algo de influencia tiene)… Ha sido tan dramática la situación que el presidente de la actual nación imperial, George Bush, ha dicho que se intervendrá militarmente si es necesario para poder distribuir la ayuda humanitaria, una gran paradoja que no deja pie para hacer apuesta: ¿Bush interventor? Sí, ¿Humanitario? No.

El primero del ocaso
En el fondo esto aclara más una idea que ya plasmé en éste medio: EE.UU. ya pronto dejará de ser el “imperador”, su margen de maniobra se acorta, tras Irak no puede comandar nada -justificado o no- y basta que China entorne los ojos para que se siente a negociar. Simplemente en esto momentos EE.UU. no puede ya invadir unilateralmente una nación, no puede promover bombardeos, como a Serbia el ‘99, no puede ir a “detener un conflicto tribal”, como en Somalía el ‘93, no puede intervenir para evitar una guerra civil, como en Haití el ‘94 y el ‘04.
Y esto abre la puerta para decir que las dramáticas primarias en EE.UU. esconden la elección del Presidente que encarará el comienzo de la decadencia de la nación con más intereses políticos, militares y económicos en todo el planeta. Obama, Clinton o Mackein deberán solucionar el entuerto de Irak, pero deberán hacerlo de tal manera que su influencia no se empequeñezca. “Paz con honor” decía Nixon cuando negociaba una retirada de Vietnam, pero el honor quedó maculado y la Guerra Fría, en esos años, se perdía… Y ahora la situación es más dramática, China sube, no decae (como la URSS), el desgaste de ser la única potencia entre 1991 hasta el 2003 le ha canjeado recelos de Europa, odio de los fundamentalistas islámicos, desprecio en América Latina; la crisis económica demuestra que el oro del sistema capitalista (mal llamado ahora neoliberal) es fácil que se esfume y deja al descubierto que en “América” también hay pobres y con coberturas sociales bastante precarias.
En situaciones normales Obama sería perfecto para comandar aquel país. ¿Cómo así de normales? Sin Irak, por ejemplo. Reúne alegría, cambio, encarna levemente una revolución. Pero ahora no es tiempo de simbolismo, es tiempo para ejecutar y ojalá con apoyos trasversales de todos los WAPS. Y en ese aspecto Clinton (más que Mackein) corre con ventaja, pues es una política, con sus virtudes y defectos.

Particularmente, y ojo, tengo (tenemos) derecho a opinar quién será el próximo Jefe del Imperio, me gustaría que Obama -un tipo bastante mesiánico- sea el próximo presidente de los Estados Unidos. No sólo por su carisma (aumentada de sobremanera por la buena prensa que goza en Europa), sino porque su gestión, seguramente más preocupada de temas sociales que internacionales -al estilo del primer Clinton- , puede ser la primera paletada a un imperio ya en retirada.
Ahora la pregunta es distinta. ¿Queremos otro imperio o es mejor enfrentar al que ya existe y conocemos?