En definitiva no es un viaje desagradable, pero si obviable. Si ahora comienzo este articulo así es debido a que empecé a parir la idea central de las líneas que vienen a continuación en un tren de cercanía colmado de inmigrantes de todo tipo y de todo tipo de trabajos. Y muchos españoles, que no es un pleonasmo aunque de bote pronto parezca redundante.
Sin embargo, el germén de este post parte el viernes pasado, en la boletería de Las Matas, cuando de golpe choqué con eso tan español que a veces cuesta digerir del todo...
Raudo corría junto a Bea por las inmediaciones de la mencionada estación para agarrar el tren de cercanía que continuaba hasta Segovia pues, si bien es otra provincia, un convoy que pasa cada dos horas llega hasta la ciudad castellana famosa por el acueducto romano y el cochinillo asado. Entonces el apuro tenía justificación, el tren ya se iba, había que comprar los tikect y el reloj –muy cabrón siempre- trotaba a la par que nosotros… Pero aún había tiempo y llegamos a Las Matas con margen. Incluso agradecí la suerte de no caer en la manoseada melancolía de perder el tren por más que los modernos coches de cercanías poco tengan que ver con la escena recurrente en la literatura y la cinematogr
afía que simioticamente nos muestra un andén diluido por el humo de la locomotora.Todo, al parecer, estaba en su sitio. Los viajeros esperando y el tren aún lejos. Pero no contaba con la rutina calada del español promedio. Tuvimos Bea y yo la mala ocurrencia de querer comprar los pasajes a las 16:43 de ese viernes –el primero del mes de enero- a la misma hora en que el hombre a cargo de la venta de los mismos ya tenía agendado su café matutino. No había nadie para vender los dichosos billetes y la única información que pudo proporcionarnos el guardia de seguridad de la estación se limitó a ser el tipo de brebaje que el mentado estaba bebiendo: “Es que a esta hora Paco se toma un café bom-bom”. ¿Es posible que en la novena potencia del mundo se pueda abandonar el trabajo por el café y mandar a tomar por vientos a los metódicos gilipollas que quieren cumplir con las normas y los reparos?
Conseguimos, eso sí, la venia del segurata para subir al tren sin pa
DON JULIO
En fin, esa no era la idea central…
Al menos no es lo que pensé en el tren cuando regresaba a casa. Mi intención era narrar algo sobre el suspendido Lisboa-Dakar y la posibilidad de que mute en algo así como Río de Janeiro-Atacama. Pero tampoco tengo demasiada información de un evento –la suspensión de un evento- que impulsa a debatir sobre el real poder del terrorismo o del miedo.
Ahora bien. No fue hoy y quizás tampoco ayer cuando pensé que debía escribir algo sobre el difundo periodista nacional Julio Martínez. Reconozco que el impulso primario era ese, pero la nostalgia se vio aletargada por la muerte de Matías Catrileo, joven comunero mapuche ultimado por las fuerzas especiales de Carabineros cuando estás reprimían el “ataque” al fundo del empresario “chileno” Jorge Luchsinger.
La perspectiva cada vez más real de que en Santiago se percaten que en la Araucanía ya estalló un conflicto étnico de proporciones que rebasó la historia, la raza, lo social y lo económico; va encaminada a seguir reflexionando sobre un hecho que este 2008 puede traer por fin consecuencias, terribles para el Chile europeo, pero positivas para la sinceridad de un sociedad fracturada, pluriétnica, auto-engañada, desigual.
De don Julio poco se puede decir. Se va una imagen y con él los recuerdos de esos domingos en que ver los goles en Teletrece era primordial y único (yo iba a clases por las mañanas y no había permiso para ver Futgol a las 00:00 horas, salvo goleada espectacular de la UC). Comentarios cada año más vagos y dispersos, pero siempre vistos y oídos. Además la muerte JM es la muerte de alguien que viste en TV desde que naciste, lo que impulsa a percatarnos que cada vez los mitos se derrumban o mueren mientras los años pasan. Dejamos de creer en el Viejo Pacuero, pero gente como JM hacen de hilo conductor entre la edad infantil sustraida por el pasado y la manceba adultez que los 25 imponen. Algo que agradecerle a la TV como medio y mucho a JM como periodista.



Antes, en Zaragoza, cuando me enfrenté a la situación de ser levemente sospechoso, me intrigó ver ese mismo cartel y esas mismas caras plagadas por todo terminal de autobuses o estación de trenes de España. Aquella vez me llamó la atención el sereno visaje de Saioa Sánchez, la sanguinaria chica supuestamente amante de Txeroki que, si bien nos apretó el gatillo, estuvo presente en la ejecución de los guardias civiles hispanos (en la foto antes de ser arrestada). Comparado con las caras un poco esquizofrénicas del resto de etarras, Saioa sobresalía por su tenue belleza y tranquilidad. Podía ser la chica del portal del frente, la del bar, la de la Facultad. Pasaría totalmente inadvertida, salvo por su llamativa belleza. No así el resto que parecía trasmitir en esas fotos algo de locura, de rabia, de miedo. ¿Cuál es la diferencia entre un vasco de 23 años que cruza el umbral ese de la estúpida ilusión y se une a la Kale Borroka, o directamente a ETA, con el otro vasco, que también quiere la independencia de Euskal Herría, pero sigue al Tau Cerámica, se come un pintxo y nunca dispararía en la nuca de nadie?