7/8/07

Amenazas de bombas

La primera vez que huí de una bomba fue a fines de los ’80. Pero el concepto material de terrorismo-miedo-reivindicaciones políticas aún no cuajaba en mi mente. En aquellos añorables años las variables fanático-islamista o nacionalista-identitaria todavía no aparecían y toda bomba o asesinato acaecido tenía la lógica de la Guerra Fría impregnada en la dinamita o la goma dos (recordar que ETA en su fondo, es un movimiento de izquierda que lucha contra el fascismo).
Ocurrió un sábado de primavera de 1988 a meses o días del trascendental plebiscito del SI y el No, votación que decidiría si Pinochet seguía mandando o se abría la puerta para el advenimiento de la democracia (mis palabras no resumen lo que esto significó y significa para Chile, algún día escribiré algo sobre el 5 de octubre del aquel año)...
Era sábado, recuerdo, porque la escena transcurre en el metro Universidad de Santiago, la estación más cercana del terminal Alameda. Ese día llegaba con mi madre a la capital de la República de Chile a alguna reunión familiar y, como solía ocurrir en esos años, la impuntualidad de mi progenitora se potenciaba con la defectuosa ruta 78 y los destartalados Pullman Bus que unían mi San Antonio con Santiago. En resumen, íbamos muy atrasados...
Pero al comienzo la suerte pareció ayudarnos. Apenas compramos el boleto de metro -yo tenía 6 años y pasaba por debajo del torniquete- la alarma del cierre de puertas comenzó a sonar. Mi madre, con el abultado bolso en la diestra y agarrandome de la mano con la siniestra, bajó rauda por las escaleras y logramos subirnos al vagón por milésimas de segundos. Pero la alarma no dejó de sonar, las puertas seguían abiertas y otros dos rezagados también se subieron al convoy restándole dramatismo al carrerón de mi madre. La gente se impacientaba y yo sacaba cuentas de las paradas que faltaban para llegar a Manuel Montt...
Minutos después el conductor del tren anunció por los alto parlantes que había una amenaza de bomba en la estación Los Héroes y que el servicio del metro quedaba suspendido. La gente se bajó tranquila, más bien molesta por el tiempo perdido. Algunas voces se preguntaban quien sería el autor de tal amenaza: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez o el grupo Lautaro. Por que en definitiva fue una amenaza. (Guardando las proporciones el FPMR es a ETA, lo que Lautaro puede ser a GRAPO, es decir más que un par de crímenes y atracos bancarios Lautaro no hizo mucho más y fue desarticulada en breve)
Nos tuvimos que ir en micro, en esas micros pre-pre-pre Transantiago y, como el transito estaba cortado por la Alameda debido a la amenaza de bomba, el autobus dio un rodeo eterno que nos dejó en nuestro destino una hora tarde. Mientras miraba por la ventana el ajetreo, las patrullas de policía con sus sirenas encendidas, la gente corriendo, el chofer de la máquina literalmente se sobó las manos. “Con el metro cerrado, las micros van estar llenitas...”, comentó sonriendo. En efecto la micro en que nos montamos con mi madre estaba repleta, pero alguien le cedió el asiento y yo me fui sentado en su falda.

En definitiva ganó el NO, Pinochet se fue de la Moneda, el Partido Comunista no se alcanzó a subir al carro de la Concertación y su brazo armado no entendió que tras el fin de la Guerra Fría y el retorno de la democracia, el terrorismo ideológico podía ser aparcado. El FPMR se separó y una de sus ramas continuó la “lucha armada” asesinado a balazos al ultraderechista senador de la UDI Jaime Guzmán cuando salía del campus oriente de la Universidad Católica el 1 de abril de 1990. Yo no sabía que significaba ser senador o ser UDI, ni tampoco ultraderechista (la dicotomía en esos tiempos era: Pinochetistas versus no Pinochetistas, Guzmán era de los primeros), pero quedé impactado, tanto así que cuando días después murió el pianista Claudio Arrau pensé que había muerto un “senador”. Nada más importante que ser senador. Cualquier muerte que aparecía en la TV tenía que ser de un senador...
En esos primero años de democracia el FPMR secuestró al hijo del dueño del diario El Mercurio, cometieron varios asaltos y, tras un atraco bancario frustrado, se refugiaron en una casa raptando a una familia durante todo el día. Aquella noche el noticiario nocturno se alargó una hora más esperando el desenlace del rapto -todos los frentistas abatidos por las fuerzas de seguridad, la familia rescatada ilesa- que Canal 13 suspendió la emisión del capítulo de Flash, ese superhéroe que corría rápido y vestía de rojo...
Puede que perpetraran más actos violentos, pero mediaticamente no recuerdo más (salvo, claro está, la gran fuga en helicóptero el 31 de diciembre de 1996 con Mauricio Hernández Norambuena, Ricardo Palma Salamanca, Patricio Ortiz Montenegro, Pablo Muñoz Hoffman colgando en un canasto y todo Chile descorsertado...).

Años después, ya en España
El terrorismo en mi vida da un salto cuantitativo hasta el 12 de diciembre de 2004. Ese día acudí con mi ex cuñado Yago a ver al Real Madrid contra la Real Sociedad al Santiago Bernabeu. Era la primera vez que iba a ese estadio y el partido era malo, así que me preocupé de sacar fotos, ver las gradas, la gente. Transcurría el minuto 77 y el partido iba empatado a uno cuando el cuarto árbitro llamó al juez. El juez llamó a los jugadores y mi ex cuñado me dijo que saliera que algo había pasado o iba a pasar. Otros pocos también comprendieron que algo extraño ocurría. Para cuando anunciaron por los alto parlantes que había una amenaza de bomba de ETA la mitad del público ya había abandonado el estadio en un correcto orden.
Pero claro, eran otro tiempos. Las torres gemelas ya habían caído, el 11-M enlutaba Madrid y España y en Chile se sentía una extraña sensación que la distancia ampararía la calma. Nunca el terrorismo en Chile metió miedo (salvo el terrorismo de Estado), por lo que declaro no estar sensibilizado con el tema. Alguna vez me vi discutiendo con una mujer española sobre ETA y cuando se quedaba sin argumento me soltó: “Tu no sabes lo que es ETA porque tu nunca has vivido el terrorismo”. En rigor, tenía razón y quizás el recuerdo de esa conversación me ha llevado hacer este repaso...
El 7-J estaba en Pamplona viviendo los San Fermines. Fue mediante Gara que me enteré, gracias a las fotos, pues no entendía ni entiendo el vasco; que algo había pasado en Londres. Me fui a un coche a oir que algunos datos más y entre la avalancha de información Radio Nacional de España confirmaba que el gobierno central había subido el nivel de alerta.
Aquello no es menor. Quizás para el resto de los españoles no significase mucho. Pero tras regresar a Madrid después de mi estadía en Navarra verifiqué que el nivel de alarma se hacía tangible y visible con guardias de seguridad armados con rifles y perros en cada tren de cercanías de la capital hispana. Sólo dos veces había visto a un ser humano con una UZI fuera de un recinto militar.
En los tiempos de Pinochet las metralletas abundaban, pero el recuerdo me lleva a un local de Cema Chile (organización de beneficiencia de la esposa de Pinochet) que quedaba al lado de mi casa y el cual estaba resguardado con tres soldados fuertemente armados, a pesar de estar ubicado en un barrio residencial...
(La otra fue en Montevideo, el año 2004, cuando vi a unos guardias bancarios con Uzis y miradas amenazantes).
No es menester decir que el terrorismo logra su objetivo con una facilidad abismante en el primer mundo. No es que asuste, al menos no me asusta del todo que una bomba estalle en Irak o un coche bomba se estrelle en el aeropuerto de Glasgow. Pero logra que el poder establecido reaccione para mantener o salvaguardar el statuo quo. En dictadura las soluciones son rudas y banales: metralleta, tres soldados, desalojo total del metro... En democracia se intentan otros métodos más decentes, pero que igual atentan contra la libertad y la tranquilidad. Invetervenciones telefónicas, impedimentos de llevar shampoo en los aviones, desalojo total del metro (o del aeropuerto). El megaterrorismo mediático inaugurado después del 11-M (antes tambien lo hubo) trae consigo dos consecuencias. Miedo y perdida de libertad. Y en ambos casos el poder, en vez de aplacarlos fortalece esos tristes sentimientos.

2/8/07

El Mladic chileno finalmente fue Gotovina (Aunque no le llega ni a los talones)

Y otra vez pasa lo mismo... Bueno, esa es la gracia. A veces me olvido del espíritu del epígrafe de este BLOG, que establecí ya hace meses, comentar como las decisiones de otros –los elegidos- afectan mi vida. No es que la captura de Raúl Iturriaga Neumann (RIN desde ahora) cambie mi vida o la afecte (en lo más mínimo, aunque reconosco que un poco más feliz y tranquilo me siento), pero tenía otras idea para relatar esta semana y me veo sorprendido con la noticia. La cena étnica del sábado, la semblanza a mi adolescencia llo-lleina, pedida por Mariano; y los comentarios del libro “Comunidades imaginadas” de Benedict Andersson tendrán que esperar un tiempo...

Después de 52 días prófugo RIN ha sido capturado en un departamento de Viña del Mar por nuestra profesional Policía de investigaciones. Los parabienes se multiplican y me aventuro a opinar que el zar de la inteligencia de los ’90 y ahora ministro del Interior, Belisario Velasco, hará de este arresto un logro de su gestión al mando del orden del país.
Al final RIN tenía una cobertura de corto alcance que no se llegó a consolidar. Si la vergüenza se midiera en días estos 52 amaneceres son un moco de pavo comparados con las 503 jornadas de pudor que el fallecido Dictador Pinochet nos hizo pasar arrestado en Londres.
RIN estaba armado con una 9 mm al momento de ser apresado y su aspecto era pésimo. Si en el DVD que envió a la prensa hace ya casi dos meses su apariencia era tenebrosa, ahora su imagen es patética. Presumo que no debe ser la culpa, pero algo corroía el espíritu del otrora subdirector de la DINA durante estás semanas, lo que no deja ser intrigante. Suponiendo que la “importante red de protección” que RIN tenía se encargó de ir a dejarle las marraquetas todos los días, podemos decir que no es el hambre lo que tiene enjuto al personaje en cuestión (en cana seguro que engordará, pero a cargo del erario público).
Pienso que huir debe ser difícil. Tensión permanente, miedo al otro (algo muy común en Chile), imposibilidad de ver a tus seres queridos, imposibilidad de ir a la esquina por el diario, imposibilidad de ser. El vaivén de los pasos apurados por la escalera debe helar la espalda. La tortuosa sensación de que el Opel Corsa que va detrás de ti te sigue, coarta no sólo el actuar, también limita tus pensamientos y te condena a vivir reducido a líneas imaginativas recurrentes: como eludir, como escapar, por donde podría evitar... , tengo suficiente comida para no salir de casa durante una semana... tengo mi arma a mano...
Lo del coche que te sigue puede ser subjetivo. Pienso en un Opel Corsa puesto que es un coche de mi generación, pero se puede usar otro modelo para la recreación, como un Chevrolet Impala o un Ford falcon, de color negro preferentemente, aunque quizás es tipo muy setentero, algo pasado de moda, una reliquia en el mundo tuerca. Un símbolo de cuando todo Chile vívia como RIN...
Y es que sentado en mi escritorio no dejo de pensar en RIN caminando por las calles oscuras de Viña del Mar, ataviado con una gabardina, oyendo el rugir de un motor que pasa por su lado e imagino su cara demacrada, desencajada, deshabitada. Pienso que ojalá piense en todos los miembros del MIR que sintieron ese rugir alguna vez en las calles de Santiago de Chile cuando la huida era perpetua y no había escapatoria. Pienso, no sé porque, en Lumy Videla que tras ser arrestada y torturda hasta la muerte por la DINA a mediados del '74 su cuerpo fue arrojado a los patios de la Embajada de Italia para advertir a otros "subersivos".

El croata liberador de Krajina
El ex prófugo croata Ante Gotovina lo dijo cuando cayó el 8 de diciembre de 2005 en Tenerife. “Estoy cansado de huir”. Gotovina, un verdadero héroe si lo comparamos con nuestro excelso RIN, era buscado por el Tribunal Penal Internacional para la Ex Yugoslavia por la muerte de 150 civiles serbios en la región de Krajina ubicada en el centro del país de Suker y Boban. Krajina era un enclave serbio en la provincia de Croacia bajo el marco de la República Popular de Yugoslavia. Tras la implosión de esta nación a principios de los ‘90, y la posterior declaración de independencia de Croacia, los habitantes serbios del lugar fundaron la República Serbia de Krajina, la cual, ayudada por Belgrado, subsistió entre 1991 a 1995 sin que ninguna potencia exterior la reconociera (hay que recordar que Suecia, Alemania y El Vaticano demoraron 24 horas en reconocer a Eslovenia y Croacia cuando se declararon independientes).
Sin embargo, era complicado que una Krajina serbia sobreviviera bajo los límites físicos de una región histórica como es Croacia y cuyos límites no son meros trazos burocráticos o geográficos... Lo que hoy es Croacia antes era el Imperio Austrohúngaro, lo que hoy es Bosnia antes era el Imperio Otomano y la minoría serbia que habitaba en Krajina son los descendientes de los mercenarios que Viena contrataba para proteger sus fronteras de los jenízaros de La Sublime Puerta...
No pocos libros sobre los Balcanes aluden a que la Casa Blanca de Clinton estaba conciente de lo anterior (leer La Trampa Balcánica de Francisco Veiga) por lo que para alcanzar la paz había que lograr que las fronteras históricas –y que Tito mantuvo durante la existencia de Yugoslavia- fuesen las mismas antes de la debacle (hay varios factores más, no lo duden, pero sucintamente esa puede ser una de las causas fundamentales). Por eso EE.UU., Alemania y la diáspora en Chile y Argentina se preocuparon de armar al, en un principio, desastroso e incompetente Ejercito Croata. Además Washington prestó apoyo logístico, y Alemania puso los marcos, para llevar a cabo una operación para recuperar Krajina (y Dalmacia) en agosto de 1995.
Para tan importante misión, quizás la futura paz en Dayton dependía de ello, se convocó a un ex mercenario croata, veterano de la guerra civil en Chad: Ante Gotovia, quien, de manera bastante expedita logró hacerse con la mentada región...
A su paso, claro está, dejó muerte destrucción, deportaciones, vidas truncadas, penas, odios, violaciones y todas esas horripilantes cosas que en las orillas del Drina y del Danubio fueron tópicos hace 15 años...
Cuando todo volvió a la normalidad Europa, no EE.UU., pidió la cabeza de Gotovina y de muchos otros, como nuestro conocido Ratko Mladic. Mientras Zagreb pasó a retiro a Gotovina y este se vio obligado huir, Belgrado protegió y quizás aún protege a Mladic...
Gotovina tuvo que errar por varios países (entre ellos Chile, donde nuestra profesional Policía de investigaciones lo dejó entrar sin inconvenientes). Cuando fue arrestado comía en un restaurante de Arona en Gran Canaria y no opuso resistencia. Estaba bien vestido, mantenía un afeitado pulcro y fácilmente podría pasar como un empresario croata de vacaciones en aquellas islas españolas. Las diferencias con RIN al respecto son apabullantes (comparar fotos)...

Esos factores
Lo de RIN es casi ordinario. Un vulgar prófugo. Aunque el buque insignia del grupo Prisa se encargue de subrayar que “había un importante red que protegía a RIN” el hombre cayó en 52 días y por más que se busque detrás de él no hay ninguna aura romantica, virtud usual en los prófugos.
Podemos concluir que ciertamente la policía chilena es profesional pues logró birlar esa supuesta “protección” en menos de dos meses. Pero a la vez los crímenes de RIN no tienen ningún atenuante. ¡Sí!, sé que no es comparable lo que ocurrió en la EX-Yugoslavia con lo que pasó en Chile... pero los Gotovinas, los Mladic tenían objetivos claros y sus propósitos eran tangibles. La página
www.antegotovina.com clarifica que el croata es un héroe en las barriadas pobres de Split, Omis, Zagreb... A RIN no lo lamenta nadie, salvo unos pocos uniformados que temen vivir las mismas circuntancias que Iturriaga.
Finalmente RIN está preso y el Estado de derecho sano y salvo. Los medios de comunicación hablarán de que cayó el Osama chileno. Pero ahora que justamente cayó, y con todas los bemoles antes señalados, su historia se parece más a la de Gotovina que a la de Osama y sería bonito que un avispado se percate y no se caiga otra vez en el ejemplo fácil e inocente.

26/7/07

Cádiz, Calamaro, Corleone, creerle a los españoles y el escote de Gema

No recuerdo si la conversación ocurrió en el autobús rumbo Torrelodones o en las caminatas que nos pegabamos entre Ciudad Universitaria y Moncloa, cuando precisamente íbamos a coger el bendito autobus después de clases. Quizás fue en un perdido bar madrileño (o de Torrelodones...), pero un día mi amigo Javi, el casi-vasco, expresó la siguiente idea: “Si te das cuenta todas las ciudades del mediterráneo se parecen. Una ciudad del Levante español no es muy diferente a una ciudad costera de Líbano, por ejemplo Tiro, o Trípoli en Libia”...
Le di el beneplácito protocolar a mi buen amigo, pero pensé que hasta que no conociera más puertos del Mare Nostrum, no podría confirmar cabalmente lo que él me decía con tanta seguridad. En aquel entonces (hace seis meses) yo sólo había orinado en algunos pueblos marítimos españoles -Barcelona, Cartagena y Garrucha en Almería- y otros tantos en Croacia -Omis, Dubrovnik, Split y Pula- además de Venecia; pero en rigor no se parecían mucho y podría haber discutido la observación con argumentos. Sin embargo, antes de decir nada recordé que en el fondo todo el Mediterráneo fue en algún momento de la historia romano (Roma se ha tomado mi vida, pues estoy leyendo con gran ahínco Yo, Claudio) por lo que arquitectónica y/o administrativamente sí podría haber semejanza. Y de hecho la hay... SuperSarko lo sabe y mientras levanta puentes sobre ese mar, Turquía se va al garete en su intención de entrar en la UE a pesar de los limpios comicios del Domingo pasado...
En fin...
Tuvo que pasar medio año para que lo anterior se hiciera patente en mi vida. Y eso fue ayer (25 de julio) cuando en el bar “La Taberna del Almirante” de Cádiz, me percaté que un tipo que tocaba el violín en una de las mesas de la terraza entonaba la famosa canción de la película El Padrino. Al oír la melodía, mi subconsciente evocó rápidamente las escenas de la película de Francis Ford Coppola cuando Miguele Corleone está refugiado en precisamente Corleone tras asesinar al capitán de Policía Macklusky y a Sollozzo, el turco, en Nueva York. Miré a mi alrededor y vi los derruidos edificios gaditanos, las terrazas llenas de turistas y la luna nueva en un cielo des-estrellado y concluí que, usando los parámetros impuestos en la producción hollywoodense, podía imaginar sin esfuerzo que estaba en Corleone, el pequeño pueblo de Sicilia; empero estaba en Cádiz la gran ciudad de Andalucía, llamada Gades por los romanos, en el verano de 2007 trabajando para una multinacional.

Una vuelta por Gades
Antes de llegar a esa reflexión, di una vuelta larga por el casco antiguo de Cádiz. Mientras me sentaba en el malecón de la ciudad –que los gaditanos se encargan de subrayar que no tiene nada que envidiarle al famosos malecón de La Habana (de hecho las escenas de “Otro día para Morir”, la última película de Pierse Brosnam como Bond, que supuestamente trascurren en la capital cubana fueron rodadas en la capital de la provincia de Cádiz, España)- entendí que Cádiz se merecía tener un espacio más grande en mi BLOG que las cuatro líneas que le dedico en “Un Recuerdo y Gilbraltar”. (La foto es una vista del mentado malecón, con la Catedral de Santa Cruz de fondo)
Las circunstancias de mi vida me han llevado a Cádiz tres veces en un mes... Es después de Madrid y Segovia, la cuidad que más he visitado en España. No es especialmente bella, pero tiene mar, mar por todos lados y aunque arquitectónicamente quizás necesite una “manito de gato”, mantiene un perfil de ciudad envidiable.
Luego de la vuelta busqué un bar y di con La Taberna del Almirante ubicado en una callejón lleno de terrazas. Como iba sólo y tampoco había sitio en la terraza, me senté en la barra y aunque al principio me hice acompañar por la lectura de Yo, Claudio, no me fue difícil trabar amistad con Juan y Gema las personas que llevaban el bar, además de charlar al pasar con los clientes que iban a la barra. Todo rodeado magníficamente con el sonido del violín, las risas, la excelente temperatura de la noche gaditana...
Pero la noche se hizo noche y el violinista se fue. Juan puso un CD y resultó ser Alta Suciedad de Andrés Calamaro y lo que al principio fueron sólo frases con Gema se trasformaron en discusiones sobre cual era la mejor canción de Calamaro. La chica era guapa y tenía un escote inmoralmente atractivo. Me divertía viendo como los clientes (borrachos portugueses, borrachos italianos) la miraban sin disimulo o sin el disimulo que yo creía poseer (de verdad, y a riesgo de que muchos rebatan la siguiente afirmación con excesivo sarcasmo, soy algo pudoroso como para mirarle la tetas a una chica sin reparos)...
Entre idas y venidas, pues debía poner copas en las mesas, concluimos que Los Aviones era una de las mejores canciones de Andrés... Creo que ese fue el único acuerdo, pues ambos nombramos decenas de canciones y cuando lo hacía uno, el otro respondía “si, tienes razón” y comenzaba a cantarla. Con Los Aviones debe haber ocurrido que la nombramos al mismo tiempo, pero no lo puedo afirmar... ya era muy de noche.
Luego me preguntó si era argentino. Los fantasmas de la identidad aparecieron. ¿Cómo explicarle que era chileno, pero no estaba del todo seguro, pero si que lo era, aunque podría haber nacido en Argentina o en Cuba?... ¿Cómo explicarle eso a una chica que había nacido y crecido en la parte antigua de Cádiz? (Y que se enorgullecía al decir que su madre no había salido del casco antiguo para dar a luz. Eso, señores, es Identidad)...
-Soy chileno, vivo en Madrid.
-Ah, picha, es que to usteé hablan iguar. Argentinos, uruguayos y chilenos hablan iguar y una se confunde. Eh Juan, ¿de donde ‘e la novia de José?... ¿De Uruguay?... De Uruguay, pero habla iguar que tu”
-No, nada que ver. Hablamos muy distinto. Aunque para ustedes debe ser difícil distinguir el acento. Para mi todos los andaluces hablan parecido, pero tu oído podría definir de mejor manera de que parte geográfica es una persona...
-Si picha, los de Sevilla habla muy ma. Lo de Jaen hablan canta’o. Lo de Huerva hablan fatal también y... ¡¡¡los de Almería no hablan jejejeje!!!

Al otro día...
Me despedí de casi todos al irme del Bar. En algún momento de la jornada le pedí fuego a uno de los parroquianos y este me dijo que me prestaba el mechero si le mostraba que leía. Le pasé el libro y comentamos un poco sobre la historia de Roma. Cuando me despedí de él me recordó que me llevase el libro. Yo lo tenía bajo el brazo y le dije que me quedaba muy poco para terminarlo como para dejarlo abandonado, sonrió y me regaló el mechero, pero ya no le quedaba gas...
A la mañana siguiente me junté con los chicos que me Merchanservis me había asignado para ayudarme en mi faena (aún no explico en que consiste mi trabajo, ya lo haré), uno era de Sevilla y el otro de Algeciras. “Anoche trabajé en una fiesta en mi pueblo y no he dormido nada”, se disculpó este último, pero resultó ser mucho más presto que el otro. Mientras hacíamos lo nuestro, y entre llamadas urgentes a Madrid, comprobé lo distinto que hablan los sevillanos y los gaditanos.
Tal como Javi, Gema tenía razón, aunque en un principio no les creí del todo. Pero la intención de este relato no es dejar una moraleja, no siempre hay que creerle a los españoles. Aunque sean de Cádiz o de el País Vasco...
(Pero a Javi si le creo que alguna vez tuvo un dialogó con Yasset Arafat y a Antonio le creo todo lo que me contó sobre la simpatía de la periodista Leticia Ortiz, ahora Princesa...)

19/7/07

Identidad y lo que pudo ser

A veces el recuerdo deja de ser el alma de la opinión para trasformarse en el cuerpo mismo. De esta manera se desvirtúa cualquier posibilidad de ser constante o cuasi-profesional en el pseudo-arte de mantener a flote un BLOG, por una razón fundamental: el pudor... Aquel “pre-moderno” sentimiento levanta los ánimos de la desidia y la abulia y ambas forman una cruzada contra la simpleza de trasmitir opinión. Los recuerdos aparecen y no lo puedo evitar por más que quiera y además, no los quiero dejar pasar. Menos cuando la nostalgia y España me evocan lo que soy y lo que no fui. Lo que puedo ser (aunque siempre guardaré las composturas, como mi amigo Milan Kundera demanda).

Benjamín Blanco Díaz
Ya no estoy en Aviles, ciudad portuaria del Principado de Asturias. Fui en un viaje relámpago que duró exactas 24 horas hace ya unas semanas. De hecho ahora estoy a bordo de un TALGO 200 con destino a Málaga, pero fue ahora, o más bien ayer tras conversar con alguien que sabe, que concluí que mis pensamientos, sensaciones y evocaciones de lo que pudo ser son certeros y en ningún caso menores...
Muchos de los que lean este BLOG (o mejor dicho los pocos que lo leen) sabrán que Benjamín Blanco Díaz, mi abuelo, nació en Infiesto, pueblo cercano a Piloña, pueblo, a la vez, cercano a Fresnosa, todos enclaves de Asturias. Emigró a América y llegó a Buenos Aires, pero, sin que yo tenga claridad al respecto, un contacto de él ya se había instalado en Chile y le brindaba cierta cobertura para comenzar una nueva vida allende Los Andes. Las razones del exilio no son otras que la pobreza que azotaba la región minera del norte de España. Mi abuelo tuvo la suerte, o la ocurrencia, de emigrar antes de que la Guerra Civil arrasara el país (más concretamente 1929, el año de la gran crisis mundial).
Se casó con una hija de emigrantes españoles (padre de Zamora, madre de Cataluña) y concretamente hizo la “América”. Con permanente boina calada nunca perdió el acento. Desde que tengo noción se celebraban en mi casa los 12 de octubres, una fecha tan ambigua, que para la colonia española en la provincia de San Antonio representaba tanto. Paseos al campo, tortilla de patatas, pesudo-paellas. Con la llegada del cable a mediados de los ’90, Antena 3 y TVE pasaron a ser los canales favoritos de mis abuelos.
Otro apunte: Mi padre vivió en España en los postrimeros años de Franco y una hermana mía nació en Madrid.
Puede que hasta hace unos días, concretamente desde que estuve en Aviles, España era Europa, era Fanny, era un roce académico, era conocer... Y claro, lo antes descrito, el vínculo sanguíneo con una tierra llena de mitos, leyendas, evocaciones tristes.Y es que mi abuelo antes que español era mi abuelo. Y mi padre, no sé porqué, era muy chileno, con un nacionalismo que yo estuve a punto de heredar y que talvez explica porque nunca mi hizo los trámites para recuperar la nacionalidad española, algo que ahora yo lamento... En definitiva, aquella ensalada de prejuicios era lo que representaba interiormente España para mi. Algo fuerte sin duda. Era evidentemente después de Chile el país más importante en mi vida.


Mapa de Asturias, la tierra donde nacío
mi abuelo.




Lo que pudo ser...
Pero en Aviles, en la Estación de Renfe de Aviles, tuve algo parecido a una epifanía. Vi a un tipo cercano a los 22 años vestido con chándal, gorro con visera, una polera deportiva. Alto, ojos café, pelo castaño, sin barba. Fumaba un cigarillo marca Fortuna. Lo acompañaba un chica guapa, pelo castaño, tez más blanca que él y también vestía modestamente, sin aspavientos. Parecía sumisa, pero, pude notar a cierta distancia que discutían siendo ella quien imponía mayor encono a las palabras. Luego llegó el tren, el apuro, el apremio. Los perdí de vista sin nunca saber el tema de la discordia.
El tipo no se parecía físicamente a mi. Tampoco sé cuales son mis gestos característicos, pero dudo que él los tuviera. Sin embargo, me vi reflejado en él y en todas sus desventuras y preocupaciones. En sus gozos y sus penas. Imaginé cuales podrían ser, concluyendo que podrían haber sido las mías.
Independiente del legado de mi madre y sus raíces alemanas, si mi abuelo no hubiera emigrado mi situación no sería muy distinta a la de aquél personaje. Hubiese sido un buen albañil, un buen mecánico. Quizás minero. O tal vez hubiese ido a la Universidad de Oviedo, pero seguramente no hubiese estudiado periodismo.

¿Chileno?
¿Y si mi abuelo se hubiese quedado en Mendoza? ¿Me pasaría la vida tomando mate y sería bueno para el fútbol? ¿Y si en vez de Chile mi abuelo hubiese elegido Venezuela como destino final? ¿O Cuba?
Soy una decisión del padre de mi padre. Soy hijo, no ya de la emigración, sino de la pobreza de España. ¿Entonces que tan chileno soy?
Mariano, mi querido amigo de la infancia, se define como chileno-llolleino y da en el clavo. El amor que él siente por ese pueblo (aunque ni siquiera es pueblo, pues pertenece administrativamente a San Antonio) es tremendo. La cara que tiene cuando lo veía bajar por avenida Providencia del brazo de su madre denotaba –y seguramente denota- una satisfacción tremenda que mi terquedad y mi crítica constante me hacían imposible sentir.
¿Dónde aparece el vínculo con Chile? ¿De donde surge o podría surgir la identidad de chileno que tengo?
Podría, sin lugar a dudas, decir que Llo-Lleo (y Santo Domingo, Cartagena, Barrancas) son mi patria y no algo tan grande y difuso que se llama Chile. Cuando la nostalgia invade mi habitación generalmente abre la puerta para recuerdos de mi niñez que son los recuerdos que realmente atesoramos (y es que los recuerdos posteriores, los de la mi época universitaria en la ciudad-Estado de Santiago, aún son y serán por mucho tiempo anécdotas). Todos esos remembranzas infantiles están relacionadas con los barrios antes descritos. No pienso en la bandera, en la cordillera, ni en la copia feliz del edén... Si en el paseo Bellamar, si en la playa de Las Rocas, si en Pelancura, si los block de Barrancas, si en el Parque DYR donde casi pierdo dos dientes tras caer de mi bicicleta, pero donde por primera vez toqué un par de tetas a mediados de los ’90 (con música de Nirvana, Pearl Jam y La Ley de fondo). Si pienso en la calle Santa Lucía, en Angámos, en el cerro del Cristo y en el sinnúmero de personas que me vieron crecer y yo vi envejecer.
Lo único claro es que Llo-lleo está en Chile. Y esa contención hace un link de difícil definición, pero que logra que me quede despierto hasta las 2 de la mañana para seguir a la gloriosa sub-20 en Canadá. Ese link y el nacionalismo que casi heredé de mi padre, resumen porque me da lo mismo si España pierde en cuartos de final, pero porque siento vergüenza y pena cuando a once borrachos le meten seis goles en la Copa América.
Todo me parece confuso. Estoy en plena búsqueda de mi identidad y espero, más temprano que tarde, encontrar esa definición, ese link que enlaza Llo-Lleo con Chile con Asturias. Algo no menor en los tiempos en que la globalización campea y devora las raíces histórica de los países imponiendo la visión de otros. O imponiendo una verdad global.


14/7/07

La historia de Simón H. y un Estado que hace agua

“-Mira, si fácil. M con la A suena MA, ¡inténtalo!”
-No, si yo no puedo. No puedo, no puedo, no puedo...”


Mi querida y buena amiga Beatriz Vega, estudiante de Trabajo Social en la Universidad Católica de Chile, fue invitada por una ONG a dar clases de reforzamiento en una comunidad Mapuche cercana a Puerto Saavedra (importante recalcar que la mentada ONG no está ligada a la Iglesia Católica de Chile).
Luego de un fin de semana conviviendo con niños de no más de 10 años, enseñándoles, viendo películas, jugando y riendo; al regresar a la ciudad-Estado de Santiago tuvo una sensación dual...
Dada a las peculiaridades de su carrera, Beatriz ya se había vacunado contra la espantosa pobreza, falta de educación y precariedad de miles y miles de chilenos. Sin embargo, y aparte de el impacto antropológico-positvo que tuvo presenciar ritos mapuches y conversar con gente de esa etnia, lo cual conmovió enormemente a mi querida amiga; la sensación de perplejidad y desazón estuvo asociada por otra circunstancia, en la cual la historia de Simón H. es paradigmática.
Simón es un niño cercano a la década de vida que no va al colegio por una razón, a esta altura bastante peregrina: su familia lo necesitaba más en la casa que en la escuela. En casa se puede trabajar, en la escuela sólo va a “aprender”, algo tan difuso y occidental que cuesta cuajar.
Se podría decir que hasta ese momento Bea, cuando se enteró del ausentismo escolar de Simón H., aún no acusaba el golpe, pues esto no es algo extraordinario en las comunidades mapuches, a pesar de que el Estado de Chile se jacte de dar cobertura educacional gratuita desde los seis hasta los dieciocho años. Pero cuando un sábado por la mañana reunió a varios niños de la comunidad y les repartió unas hojas para que escribieran su nombre, se encontró con que la mayoría ponía su nombre de pila y, cosa curiosa, sólo inicial de su apellido, como para subrayar un cierto individualismo, empero sin develar quien son realmente.
Intrigada, Bea les preguntó porque no ponían su nombre completo y, luego de largas negaciones, Simón H. le dijo que su apellido era muy difícil de escribir... Bea insistió, y le dijo que ella le enseñaría como se escrbírlo, pero a cambio sólo recibió silencios... Mi amiga nunca se enteró, por boca de esos niños, sus reales apellidos. Durante la clase Bea no sólo lidió con esa extraña circunstancia, sino que también con la frustración y tozudez de Simón H. quien no estaba del todo dispuesto a aprender. Los otros niños, por razones que ya señalaré, si iban más seguido a la escuela y las elementales clases de reforzamiento que Bea les brindó eran más bien un juego. Un juego acompañado con comida, almuerzo y merienda que la ONG se encargaba de distribuir, como un triste premio entre los niños que acudían a las improvisadas clases sabatinas.


Simón H. un
niño MAPUCHE que "desconoce" como se escribe su apellido. Resultado de años de descriminación.
(FOTO: gentileza Beatriz Vega)
Identidad
La anterior historia demuestra como la identidad del pueblo mapuche, a pesar de las intentonas de muchos para organizarse como pueblo casi autónomo de Chile; han hecho mella ante los muros de la discriminación.
La construcción de identidad en las jóvenes naciones de Latinoamérica ha sido y es algo complejo. Dada la cantidad de inmigrantes de diferentes países y de las diversas etnias indígenas que hay en Chile, ese proceso en nuestro país ha sido aún más complicado.
Debido a lo anterior, los chilenos y el Estado de Chile, como dos entes separados, deberíamos cuidar y velar que al menos la porción de compatriotas mayormente definidos, que son los Mapuches, mantengan y cuiden su identidad. Sin embargo, desde el principio de la historia de nuestro país o les hemos hecho la guerra o los hemos discriminados paulatinamente. Y lo que es peor, cuando un mapuche destaca de inmediato la prensa lo caricaturiza (Francisco Huiquipan o Rodrigo Antilef son ejemplos de esto) o directamente se habla sobre
su condición de mapuche como algo impositivo, subrayando esa condición como un impedimento para surgir (en este punto destaca la modelo esa que no recuerdo como se llama y el ex ministro Secretario General de Gobierno Francisco Huenchumilla).
Y en lo que cabe al Estado su rol es mayor. Una de las máximas del modelo neoliberal de Chile indica que donde no puede invertir el Estado, las iniciativas deben quedar en manos de la empresa privada. Eso, claro está, en toda índole económica, pero cuando la educación también es un bien transable, la ejecución de la cobertura educacional queda supeditado al amplio manto privado. Pues una cosa es garantizar la educación y otra es hacerla efectiva.
Discriminación positiva
Los niños mapuches que si van los colegios son empujado por la loable (pero a la vez siniestra) presencia de la Iglesia Evangélica en la Región de la Araucanía. La idea de esta religión es evitar que los mapuches pierdan tierras debido a la ignorancia que en años pasados les llevó a vender malamente sus campos (intención no sólo de esta Iglesia). Entre medio deben adherirse a las creencias que procesa esta iglesia y de paso dejar a tras todos los milenarios ritos araucanos que sin vergüenza son catalogados de diabólicos por los “misioneros” evangélicos, como un reportaje del programa Contacto publicó. Es vital que la educación no vaya de la mano con la perdida de identidad.
Ante esto, la labor del Estado no debe ser sólo garantizar y hacer efectiva la educación a las mapuches y a los chilenos pertenecientes a otras etnias autóctonas; sino también ejercer una discriminación positiva tal como en los años ‘60 y ’70 se hizo en EE.UU., con lo cual se
aplacaron los veleidosos ánimos de los movimientos raciales reivindicativos que sacudían los cimientos de la American Way Life (discriminación positiva que le permitió, entre otros, a Condolezza Rice estudiar en la Universidad, no sé cual, pero en fin...).
Si bien la idea de la paridad femenina-masculina no deja de ser interesante; garantizar por ley un número de cupos para mapuches en los cargos públicos, por ejemplo, es quizás más importante ya no para la convivencia en la sociedad chilena, sino en el mantenimiento del Estado en si...
Todos esos Simón H. llevan marcado en la frente un futuro coartado por la segregación, las miradas en menos, la ignorancia y la frustración. Un cóctel de sentimientos que pueden explotar...
Lo más triste es que en la ciudad-Estado de Santiago no se van a enterar de esto hasta que un desubicado de la Arcis o de la Facultad de filosofía de la Chile, se calce un pasamontañas, se ponga un par de relojes en sus muñecas y decrete la creación del Estado Mapuche. Con eso recién nos vamos a preocupar, porque a la hora de tomar medidas tendríamos que esperar a que ese desubicado inicie una larga marcha que termine en la Plaza Italia, con disturbios y alboroto incluido. Y es que sólo reaccionamos cuando la ciudad-Estado es invadida...
Quizás me quedo corto. La reacción sólo llegará cuando la editorial de The Economist, en tono preocupado y nostálgico, hable de la antigua democracia modelo que era Chile.